Introducción a la inteligencia emocional

Aunque los expertos no parecen estar muy de acuerdo sobre qué es y cómo se mide la inteligencia emocional, nosotros la consideramos la capacidad para identificar, entender y controlar las emociones, sean las de uno mismo, las de los demás o las que se establecen en las diferentes relaciones. Dicho así suena muy manipulador, pero lo de “controlar las emociones de los demás” se utiliza aquí de forma neutra (dependerá de las intenciones de cada cual).

El término es aplicable a situaciones tan diversas como el hacernos continuar con nuestros objetivos en los momentos de crisis, el saber por qué una persona ha tenido una reacción impropia de él, evitar los roces con nuestros compañeros de trabajo, motivar a nuestros hijos a estudiar una asignatura que no les gusta, organizar una buena fiesta… Cojamos como ejemplo este último caso: no se trata de que tengamos que ponernos a contar chistes, pero sí saber aprovechar las fortalezas de nuestros invitados para sugerir conversaciones o actividades que los demás encontrarán amenas, evitar los momentos tensos, distribuir a los invitados según las afinidades…

La persona con inteligencia emocional, ¿nace o se hace? Éste es uno de los puntos donde los diversos autores no se ponen de acuerdo, pero nosotros creemos que hay un poco de ambos. Hay personas que tienen una habilidad innata para leer las emociones y actuar en consecuencia, pero también es posible aprender sobre ello y ayudar a nuestros hijos a crecer con una buena dosis de inteligencia emocional.

Lo primero es conocer qué emociones existen. Según teorizó el psicólogo estadounidense Paul Ekman en 1972, las emociones pueden clasificarse dentro de una de las 6 emociones básicas: alegría, tristeza, ira, asco, miedo y sorpresa. Otros autores consideran básicas emociones como la vergüenza, el placer, la culpa, el amor…

Una vez identificadas, tenemos que saber reconocerlas en nosotros, entender por qué se producen y qué hacer con ellas. Por ejemplo, prestando atención a nuestras emociones sabremos distinguir cuándo comemos por hambre y cuándo por aburrimiento, y evitaremos darnos un atracón delante de la tele (apagándola y cogiendo un libro o saliendo a dar un paseo).

Después ya resultará más sencillo reconocer las emociones en los demás, entender sus reacciones y ayudarles a manejarlas, o al menos ser más comprensivos y no enfadarnos tanto con ellos…

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