El comportamiento pasivo-agresivo

Foto: Christian Gstöttmayr, 2010

Desde que nacemos poseemos la capacidad de hacer oír nuestras necesidades, una especie de asertividad primitiva, que dependiendo del entorno en que crecemos se desarrollará de forma positiva (con respeto y reconocimiento hacia los demás) o en una de las siguientes tres respuestas problemáticas: pasiva, agresiva o pasivo-agresiva.

Cuando tenemos una obligación, nos dan una orden o alguien se enfrenta a nosotros, nuestra reacción puede ser más sumisa (callarnos y obedecer) o más agresiva (protestar y negarnos). Pero existe otra vía de resistencia a medio camino, mucho menos diplomática que la asertiva, que se conoce como comportamiento pasivo-agresivo.

El comportamiento pasivo-agresivo comprende una serie de acciones y actitudes hostiles pero presentadas de manera sutil, de forma que no hay enfrentamiento sino sabotaje y victimización. Por ejemplo, mentir a nuestro jefe diciendo que se nos ha perdido el informe en lugar de redactarlo, llegar tardísimo a la fiesta de cumpleaños de una amiga que nos parece pesada, quejarnos amargamente de las condiciones (“hace muchísimo calor, no hay quien entre en ese cuarto, no se puede respirar”) para que sea nuestra madre la que ordene el trastero… Otra forma que puede adoptar este comportamiento es el criticar duramente al otro sacando nuestra frustración en un tema que no tiene nada que ver: vamos a la dichosa cena con los compañeros de trabajo de nuestra pareja, pero criticamos su ropa, su falta de puntualidad, el sitio elegido, la comida que nos sirven… También el sarcasmo o el mantenerse en silencio cuando el otro nos habla serían característicos de este comportamiento.

Como decíamos al principio, las causas del comportamiento pasivo-agresivo suelen buscarse en la infancia, en el estilo educativo de los padres y en el tipo de relación que establecieron con los hijos. Se relaciona con tener unos padres muy autoritarios (que daban órdenes ante las que no había oposición posible) y con una falta de apego (donde el vínculo establecido es percibido como inseguro por los hijos), de forma que se crea en el niño un miedo a que la relación se rompa, a que sus padres le dejen de querer, a que le abandonen… El resultado sería una incapacidad de enfrentarse a los demás sumada a una gran dependencia, que encuentra en este tipo de comportamiento una salida a la rabia y las frustraciones. Personalmente, nos parece simplificar en exceso una actitud compleja, y añadir más culpa a una labor tan difícil como es educar a nuestros hijos, pero sí estamos de acuerdo con que hay que incrementar los niveles generales de autoestima, asertividad e inteligencia emocional para aportar más equilibrio a nuestra vida cotidiana.

Hace años, el Manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales (DSM-III) incluía un trastorno pasivo-agresivo de la personalidad, aunque en la actualidad no está contemplado, y los casos en que este comportamiento se considera patológico y con una duración compatible con un trastorno de personalidad, puede diagnosticarse dentro del epígrafe Trastorno de Personalidad no Especificado.

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