La escucha activa

La escucha activa es una habilidad que consiste en asegurarse de que entendemos lo que nos explican, interactuando con el que habla pero manteniendo el foco de interés única y exclusivamente en el mensaje del otro. De esta manera, nos aseguramos de haber entendido perfectamente lo que el otro quiere decir, sin distraernos pensando en lo que vamos a aportar nosotros al diálogo. También le animaremos a hablar, a través de nuestro lenguaje corporal y con algunas técnicas, de forma que podamos fomentar o recuperar la comunicación con nuestra pareja, hijos adolescentes…

A continuación ofrecemos las pautas a seguir para poner en práctica la escucha activa:

  1. Cuando alguien quiera hablar con nosotros, dejaremos lo que estemos haciendo y centraremos toda nuestra atención en él. Por ejemplo, si estábamos leyendo un libro, lo cerraremos y lo dejaremos a un lado, nos giraremos para poner todo nuestro cuerpo orientado hacia el otro, en una posición relajada, y le miraremos a los ojos. Con esto, también prestaremos atención al lenguaje corporal del otro, por si podemos entrever que hay algo más que lo que nos están contando (esto es especialmente útil en el caso de los niños, que pueden estar contándonos una cosa sin saber exactamente cómo se sienten, y necesitan que tiremos del hilo).
  2. Haremos gestos de asentimiento y expresaremos que vamos siguiendo la conversación, sin interrumpir mientras se nos expone un argumento. Asentiremos o negaremos con la cabeza, sonreiremos o nos sorprenderemos, diremos “sí”, “no”, “ajá”, “claro”, “entiendo”, ¿y entonces?”… según lo requiera la conversación.
  3. Nos aseguraremos de haber entendido lo que nos han dicho de diversas formas, por ejemplo, repitiendo la frase tal cual de forma interrogativa (¿Pablo te dijo que no sabías jugar a fútbol?), parafraseándola (¿Pablo te gritó que eras un mal jugador?) o reformulándola poniéndola en nuestras propias palabras (¿Entonces Pablo se había enfadado porque fallaste el pase?). Todas estas técnicas animan al otro a dar más detalles o a explicar otras historias relacionadas (es que Pablo siempre me está diciendo esas cosas, que no sé jugar, que siempre suspendo…), de forma que podemos ir llegando al fondo de la cuestión, a pensamientos y sentimientos que el otro no sabe o se atreve a explicar.
  4. Pasaremos lo que nos ha dicho a un lenguaje de sentimientos, bien reflejando simplemente lo que nos ha contado (“pareces muy preocupado por esto”) o “traduciéndolo” a sentimientos concretos (“debes sentirte frustrado con esta situación”). Utilizaremos también el silencio, dando tiempo a que el otro ordene sus pensamientos. No debemos presionarle a hablar, los silencios deben ser cómodos.
  5. Preguntaremos por lo que piensan hacer para solucionar el problema en lugar de aconsejar o dar nuestra opinión (“¿has pensado qué hacer?” en vez de “¡pues no vuelvas a quedar con él!” o “¡vaya un amigo, nunca me ha caído bien!”).
  6. Si vemos a nuestro interlocutor muy bloqueado o empeñado en hacer algo que nos parece mala solución, sí podemos sugerir alguna acción (“¿Qué crees que pasaría si le llamaras?”) o recordarle situaciones similares (“¿te acuerdas de aquella vez que te peleaste con Laura?”).
  7. Expresar lo que la conversación ha significado para nosotros, validando que haya supuesto un esfuerzo para el otro (“me alegro de que me lo hayas contado”, “es un tema difícil, has sido muy valiente al compartirlo”).

Como muchas de las estrategias que proponemos, puede parece forzado o manipulador al principio, pero a medida que lo practicamos nos va resultando más natural, y los resultados son positivos, especialmente cuando la comunicación está algo dañada y la otra persona no está demasiado comunicativa, o cuando empezamos bien pero luego terminamos en una confrontación. Es importante entender el punto de vista del otro, así que no debemos asumir que ya sabemos de qué nos habla porque es un tema que también nos atañe.

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