Archivo mensual: noviembre 2012

Dar estabilidad y autonomía a los hijos

“Los buenos padres dan a sus hijos raíces y alas“, Jonas Salk.

Al oír esta frase por primera vez, puedes preguntarte para qué sirve dar raíces y alas, porque parece una contradicción: unas nos atan al suelo y las otras nos permiten dejarlo atrás. Pero el título del artículo da una buena pista: las raíces sirven tanto para recibir los nutrientes como para dar estabilidad a las plantas y los árboles, y las alas representarían la autonomía.

Para que un árbol pueda hacerse grande, necesita que las raíces también se vayan desarrollando, para que le proporcionen suficiente nutrición y estabilidad. Como padres, tenemos la obligación de dar una buena base a nuestros hijos. Ésta se compone de dos aspectos fundamentales: las necesidades físicas y las emocionales. Debemos darles una alimentación saludable, ropa limpia y adaptada al clima, un lugar de descanso agradable, posibilidad de practicar actividades físicas, acceso a la educación, tiempo para jugar, cariño, ánimos, orientación, normas y límites, tiempo en exclusiva…

Y volar… No podemos tener a nuestros hijos anclados a nosotros toda su vida. Hemos de aceptar que llegará un momento en que serán adultos y deben ser capaces de afrontar todas sus responsabilidades, y la mejor manera de hacer esa transición es gradualmente, desde niños. Lo ideal es que aprendan tanto autonomía personal como colaboración en casa. Desde muy pequeños (hablamos incluso de empezar a los 18 meses, e ir incorporando tareas progresivamente) podemos retirarles el chupete, los biberones y el pañal, dejarles comer solos, llevar y recoger su cubierto, echar su ropa a lavar, vestirse, peinarse, bañarse (con nosotros acompañándoles, claro), recoger los juguetes, emparejar calcetines, limpiar el polvo… Con 4 o 5 años pueden empezar a hacerse la cama, guardar su ropa en el armario, aclarar platos, hacer de pinche en la cocina… Se trata de permitirles aprender todas las habilidades necesarias para no depender de nadie cuando sean adultos, y cuanto antes empecemos, más dispuestos estarán a colaborar.

En cambio, si infantilizamos a los niños, llegarán a la adolescencia sin responsabilidades ni hábitos ni recursos. La adolescencia es una etapa complicada, con los niveles hormonales muy altos para que se produzca el cambio de niño a adulto, y la dificultad también de aceptar el nuevo físico, los cambios en el entorno (la secundaria, la exigencia…). La infancia debe conducir a la adolescencia de la misma forma que la adolescencia debe conducir a la edad adulta, progresivamente. Evitaremos muchos conflictos y, sobretodo, daremos a nuestros hijos una preparación para los retos de la edad adulta.

(Imagen: Vector Open Stock)

La escala de estrés de Holmes y Rahe

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En 1967, los psiquiatras Thomas Holmes y Richard Rahe realizaron un estudio consistente en el análisis de registros médicos de más de 5.000 personas. Gracias a este estudio, elaboraron lo que se conoce como “Escala de estrés Holmes-Rahe”, una lista de 43 acontecimientos vitales a los que se otorga una puntuación en función de lo estresantes que son para la persona que los experimenta. Estos no son sólo sucesos negativos, sino que su puntuación está basada en diversos factores como la incertidumbre que generan, el cambio que suponen para el individuo o que puedan sobrepasar los recursos de los que dispone.

Para aplicarla, se seleccionan de la lista los acontecimientos experimentados en el último año, y se suman sus puntuaciones. Si el número resultante se halla por debajo de 150 sólo hay un pequeño riesgo de enfermar a causa del estrés, entre 151 y 299 el riesgo es moderado, mientras que por encima de 300 puntos, se está en riesgo importante. La lista original con sus puntuaciones es la siguiente:

  1. Muerte del cónyuge- 100
  2. Divorcio- 73
  3. Separación matrimonial- 65
  4. Encarcelamiento- 63
  5. Muerte de un familiar cercano- 63
  6. Lesión o enfermedad personal- 53
  7. Matrimonio- 50
  8. Despido del trabajo- 47
  9. Paro- 47
  10. Reconciliación matrimonial- 45
  11. Jubilación- 45
  12. Cambio de salud de un miembro de la familia- 44
  13. Drogadicción y/o alcoholismo- 44
  14. Embarazo- 40
  15. Dificultades o problemas sexuales- 39
  16. Incorporación de un nuevo miembro a la familia- 39
  17. Reajuste de negocio- 39
  18. Cambio de situación económica- 38
  19. Muerte de un amigo íntimo- 37
  20. Cambio en el tipo de trabajo- 36
  21. Mala relación con el cónyuge- 35
  22. Juicio por crédito o hipoteca- 30
  23. Cambio de responsabilidad en el trabajo- 29
  24. Hijo o hija que deja el hogar- 29
  25. Problemas legales- 29
  26. Logro personal notable- 28
  27. La esposa comienza o deja de trabajar- 26
  28. Comienzo o fin de la escolaridad- 26
  29. Cambio en las condiciones de vida- 25
  30. Revisión de hábitos personales- 24
  31. Problemas con el jefe- 23
  32. Cambio de turno o de condiciones laborales- 20
  33. Cambio de residencia- 20
  34. Cambio de colegio- 20
  35. Cambio de actividades de ocio- 19
  36. Cambio de actividad religiosa- 19
  37. Cambio de actividades sociales- 18
  38. Cambio de hábito de dormir- 17
  39. Cambio en el número de reuniones familiares- 16
  40. Cambio de hábitos alimentarios- 15
  41. Vacaciones- 13
  42. Navidades- 12
  43. Leves transgresiones de la ley- 11

Posteriormente se ha revisado esta escala, actualizándola o creando versiones infantiles, por ejemplo, pero creemos que ésta todavía es suficientemente válida para autoevaluarnos y valorar si nuestro nivel de estrés es preocupante. Hay que tener en cuenta que cada persona tiene un nivel de tolerancia al estrés diferente, así que el resultado es orientativo, pero ser conscientes del estrés que soportamos con una medida objetiva puede ayudarnos a plantearnos seriamente el tener que actuar de una forma u otra para reducirlo, sea con cambios en nuestro estilo de vida o buscando ayuda en forma de actividades relajantes o de profesionales de la salud.

(Imagen: PositiveMed.com)