Dar estabilidad y autonomía a los hijos

“Los buenos padres dan a sus hijos raíces y alas“, Jonas Salk.

Al oír esta frase por primera vez, puedes preguntarte para qué sirve dar raíces y alas, porque parece una contradicción: unas nos atan al suelo y las otras nos permiten dejarlo atrás. Pero el título del artículo da una buena pista: las raíces sirven tanto para recibir los nutrientes como para dar estabilidad a las plantas y los árboles, y las alas representarían la autonomía.

Para que un árbol pueda hacerse grande, necesita que las raíces también se vayan desarrollando, para que le proporcionen suficiente nutrición y estabilidad. Como padres, tenemos la obligación de dar una buena base a nuestros hijos. Ésta se compone de dos aspectos fundamentales: las necesidades físicas y las emocionales. Debemos darles una alimentación saludable, ropa limpia y adaptada al clima, un lugar de descanso agradable, posibilidad de practicar actividades físicas, acceso a la educación, tiempo para jugar, cariño, ánimos, orientación, normas y límites, tiempo en exclusiva…

Y volar… No podemos tener a nuestros hijos anclados a nosotros toda su vida. Hemos de aceptar que llegará un momento en que serán adultos y deben ser capaces de afrontar todas sus responsabilidades, y la mejor manera de hacer esa transición es gradualmente, desde niños. Lo ideal es que aprendan tanto autonomía personal como colaboración en casa. Desde muy pequeños (hablamos incluso de empezar a los 18 meses, e ir incorporando tareas progresivamente) podemos retirarles el chupete, los biberones y el pañal, dejarles comer solos, llevar y recoger su cubierto, echar su ropa a lavar, vestirse, peinarse, bañarse (con nosotros acompañándoles, claro), recoger los juguetes, emparejar calcetines, limpiar el polvo… Con 4 o 5 años pueden empezar a hacerse la cama, guardar su ropa en el armario, aclarar platos, hacer de pinche en la cocina… Se trata de permitirles aprender todas las habilidades necesarias para no depender de nadie cuando sean adultos, y cuanto antes empecemos, más dispuestos estarán a colaborar.

En cambio, si infantilizamos a los niños, llegarán a la adolescencia sin responsabilidades ni hábitos ni recursos. La adolescencia es una etapa complicada, con los niveles hormonales muy altos para que se produzca el cambio de niño a adulto, y la dificultad también de aceptar el nuevo físico, los cambios en el entorno (la secundaria, la exigencia…). La infancia debe conducir a la adolescencia de la misma forma que la adolescencia debe conducir a la edad adulta, progresivamente. Evitaremos muchos conflictos y, sobretodo, daremos a nuestros hijos una preparación para los retos de la edad adulta.

(Imagen: Vector Open Stock)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s