Archivo mensual: julio 2013

Mamás (y papás) felices

Imagen: wallcoo.com

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Seguro que has oído muchas veces eso de que “los hijos son lo mejor de la vida“, pero ahí estás tú, con falta de sueño, con la camiseta manchada de leche, con la coleta torcida, sin poder recordar cuándo fue la última vez que mantuviste una conversación que no tratara de cólicos, pañales, chupetes, vacunas…

Hay una presión constante por ser madres perfectas: nos sentimos culpables si al niño se le irrita el culete, si estamos tan cansadas que no nos apetece bajar al parque o si le damos un potito en vez de hacerle una papilla casera. ¡Ni se nos pasa por la cabeza dejar al bebé con alguien para tomarnos una tarde libre!

Sin embargo, uno de los momentos más cruciales para una pareja son los meses posteriores al nacimiento de un bebé. Son muchos los que no superan esta etapa y se separan, pese a haber vivido una relación feliz durante muchos años. Hay muchos factores que confluyen para llegar a este punto: el cansancio, la pérdida de intimidad, el no adaptarse bien a los nuevos roles…

Nos queremos centrar sobretodo en la integración de los diferentes roles, ya que no debemos tratarlo como una transición, sino como una ampliación. No dejamos de ser personas ni pareja para convertirnos en padres. Una experiencia plenamente satisfactoria pasa por encontrar un espacio para cada uno de estos roles. Al principio, y sobretodo con bebés muy demandantes, es muy difícil sacar tiempo para ser algo más que padres. Pero debemos ser conscientes de que sólo es una etapa que pasa, bastante rápido además, y que poco a poco iremos recuperando espacios y tiempos para todo lo demás.

Por un lado, los niños siempre son prioritarios, pero deben serlo para los dos, así que especialmente las madres tienen que permitir a los padres establecer el vínculo con el bebé, y los padres no deben sentirse desplazados, sino ser proactivos y encontrar su espacio en la familia. Eso reforzará la unión entre todos, y nos ayudará en la adaptación.

Por otro lado, también debemos tener en cuenta nuestras necesidades: descanso, buena alimentación, cariño, comprensión… Debemos cuidarnos y cuidar a nuestra pareja, encontrar momentos para compartir lo bueno y lo malo,  para tener intimidad… No hace falta que sea todos los días, pero si al final de la semana echamos la vista atrás y comprobamos que no hemos dedicado un solo momento a nuestra pareja ni a nosotros mismos, deberíamos tomar medidas. Algo tan sencillo como darse un baño, sentarse en el balcón a leer o salir a tomar algo con los amigos no puede faltar en nuestra rutina semanal.

Todos queremos lo mejor para nuestros hijos. Si aún no te has convencido de lo importante que es seguir siendo persona y pareja además de mamá o papá, piensa que lo mejor para nuestros hijos es tener unos padres felices.

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¿Es verdad que “la gente no cambia”?

Imagen: taringa.net

Imagen: taringa.net

“La gente no cambia” o “yo soy así” son frases que hemos escuchado en innumerables ocasiones, pero ¿son ciertas? Nosotros evidentemente creemos que sí es posible el cambio, ya que de lo contrario no nos dedicaríamos a esto.

¿Crees que eres la misma persona que eras diez, veinte o treinta años atrás? Después de haber sufrido una ruptura dolorosa, haber experimentado un duelo o haber tenido un hijo, ¿te ves igual que antes?

Hay muchos sucesos a lo largo de nuestra vida que van cambiando nuestros hábitos, nuestro estado de ánimo, nuestros pensamientos… Lo que sucede con las “causas de fuerza mayor” (como las mencionadas en el párrafo anterior) es que no nos dejan otra alternativa, y el cambio se acaba produciendo incluso sin desearlo. Otras veces son circunstancias no tan radicales las que van moldeando nuestras particularidades, y no podemos señalar un momento preciso en el tiempo como “punto de partida del cambio”, pero sí podemos pararnos a pensar un día y decirnos “yo antes no era así”. Y es que una de las características principales del ser humano es su capacidad de adaptación, y adaptarse implica cambiar.

Cambiar no es fácil, sobretodo cuando no tenemos una causa de fuerza mayor y depende de nuestra voluntad. Además, en muchas ocasiones se interponen multitud de obstáculos, como pueden ser las personas que nos rodean, nuestra situación económica, nuestras creencias, nuestras emociones… Podemos querer cambiar, pero no saber cómo llegar hasta ahí.

En el mercado hay infinidad de libros de autoayuda que nos prometen conseguir cualquier cosa que nos propongamos, pero lo más probable es que al cabo de pocos días acaben cogiendo polvo en una estantería. ¿Por qué a la mayoría de personas no les funcionan? Por una parte, el cambio requiere un esfuerzo enorme en términos de tiempo, de energía, de dedicación, de atención, de perseverancia… Es un camino que no puede recorrer nadie en nuestro lugar, así que tenemos que estar dispuestos a los sacrificios que conlleva el conseguirlo. Por otro lado, cada persona es diferente, así que difícilmente un libro pueda adaptarse a todas las circunstancias que rodean cada caso particular. Pueden ser un buen refuerzo, orientar, dar unas pautas útiles… y según el propósito pueden cumplir con su objetivo.

No obstante, en muchos casos el cambio requiere un enfoque personalizado y una actuación a diversos niveles que sólo un profesional (terapeuta o coach) puede diseñar. Y decimos diseñar porque insistimos: no tenemos una varita mágica, y para conseguir cambios duraderos se precisa esfuerzo y voluntad. El consabido “yo soy así” es una excusa, y está en nuestras manos evolucionar para ser mejores y más felices, independientemente de las cartas que nos haya tocado jugar.

Los celos infantiles

Imagen: lagreenbean.com

Imagen: lagreenbean.com

Lo primero que debemos tener en mente a la hora de tratar de entender los comportamientos de nuestros hijos es que son muy inseguros. Cuando hablamos de los celos en los adultos, ya hicimos la conexión entre los celos y el instinto de supervivencia. Si los adultos no podemos evitar sentirnos amenazados, ¿cómo no va a pasarle a nuestros hijos?

Cuando tratamos con niños, es útil mirar las cosas desde su prisma. Es igual que les hayamos dicho en diversas ocasiones que les queremos o que tener un hermanito es muy divertido. Los niños tienen muy poca perspectiva, en especial los más pequeños, y tienden a fijarse en el momento presente, en el ahora. Y ahora su hermano está recibiendo la atención y él no. Los comportamientos que lleve a cabo serán en buena medida una forma de reclamar la atención que desea (y que necesita).

Para tratar de paliar la aparición de celos, tenemos muchas vías por las que actuar:

  • Hacer refuerzo positivo– Siempre hay que buscar algo que premiar o apreciar en el comportamiento del niño, incluso cuando tiene una de esas tardes terribles en las que parece imposible portarse peor. Simplemente con que esté sentado cinco minutos mirando los dibujos, le diremos “¡qué bien que te estás portando ahí sentado, tan tranquilo!”, y si además nos sentamos con él, le damos unos mimos o charlamos unos minutos, le estaremos mostrando claramente que ese buen comportamiento tiene el premio de nuestra atención.
  • Ignorar el mal comportamiento– Es el complemento perfecto al refuerzo positivo. Si el niño no está haciendo nada con lo que pueda hacerse daño o hacerle daño a los demás, le dejaremos estar. Debemos ser conscientes de que tenemos un niño y no una estatua, así que si desordena, ensucia, hace ruido… simplemente está actuando como lo que es. No queremos crearle la idea de que el rol que le consigue atención es el del “hermano malo”.
  • Adelantarnos a los conflictos– Ser previsores nos va a ahorrar muchísimos problemas. Siguiendo el punto anterior, podemos evitar reñirle por cosas que podíamos haber apartado de su alcance, o actividades que no pueda hacer sin supervisión: si el niño pinta las paredes con rotuladores, es porque le hemos dejado cogerlos. Y normalmente sabemos qué botones hacen saltar a nuestros hijos, en qué situaciones se ponen más celosos… Podemos evitarlo de muchas maneras, desde tener algún juguete preparado por si los que nos visitan nos traen un regalo para el nuevo bebé o un regalo de cumpleaños para el hermano, quedar con los abuelos para que le den un paseo mientras grabamos el primer baño del bebé o cuando vamos a ver actuar al otro…
  • Atención en exclusiva– Debemos buscar momentos para que cada niño sea protagonista absoluto. Los bebés no son conscientes de lo que pasa a su alrededor, así que intentaremos centrar nuestra atención en los hermanos mayores, charlando con ellos, pidiéndoles que sean nuestros ayudantes… Y cuando ya no sean bebés, en darles tiempo a solas a todos. Da un poco igual que sea con mamá que con papá que con los abuelos o los tíos, pero que sean tiempos en los que no tengan que competir con otros niños. Si tenemos la posibilidad, haremos diferentes combinaciones para dar atención individualizada a nuestros hijos. Hasta acostarlos con quince o veinte minutos de diferencia (y así leerles un cuento distinto, que el mayor tenga el premio de ver un ratito más la tele por haber cumplido con sus tareas…) dan ocasión a encontrar ratos a solas con cada uno.
  • Quererles igual, pero tratarles según sus necesidades y su carácter– Cada niño es diferente, así que debemos reconocer estas diferencias. Todos sabemos que si compramos dos juguetes iguales, los niños se acabarán peleando por el mismo, probablemente porque ni sabrán cuál es el de cada uno. Es mejor dar opciones para elegir a los niños, conocer sus gustos y tratarlos de forma individualizada. Si un niño elige un coche rojo y el otro un avión azul, no hay duda de qué juguete es el de cada uno. Si quieren jugar con el del otro, tendrán que pedírselo por favor. También les explicaremos que los pequeños necesitan más ayuda porque saben hacer menos cosas, y que si quieren que tengamos más tiempo para ellos nos tienen que ayudar. Y si les decimos lo rollo que es ser pequeño porque no pueden hacer nada, y lo chulo que es ser mayor y la cantidad de ventajas que tiene, mejor aún.
  • Decirles lo mucho que les queremos muy a menudo– A ser posible, varias veces al día. Y explicarles que aunque nos enfademos con ellos no dejamos de quererles por nada, que son dos sentimientos compatibles. Los enfados vienen y van, el amor es para siempre.
  • Cuidar su autoestima– Como hemos dicho, los niños son muy inseguros. Deben saber que son valiosos, que saben hacer muchas cosas bien y que nos encanta estar con ellos. Además del refuerzo positivo y de decirles que les queremos, deben tener ocasiones de hacer cosas que les muestren su valía. Ser lo más autónomos posible y tener tareas les ayuda a aprender, a sentirse seguros, a tolerar mejor la frustración y que no pasa nada por equivocarse.
  • Darles palabras para reconocer sus estados de ánimo– Cuando se porten mal, debemos explicarles porqué creemos que lo hacen. Y que no es excusa para no recibir la consecuencia o el castigo. Si estamos haciendo la cena y los niños no paran de pelearse, les diremos: “sé que estáis cansados y aburridos, pero si tengo que estar pendiente de vosotros no podré hacer la cena, así que además de cansados y aburridos estaréis hambrientos”, y les daremos una tarea o les llevaremos al rincón de pensar o nos sentaremos hasta que se comporten. Además de disciplinarles, les estaremos ayudando a mejorar su inteligencia emocional, y se podrán autoregular mejor con el tiempo.

Como siempre que esperamos ver un cambio, tenemos que ser constantes y pacientes. Con el transcurrir de las semanas y los meses veremos cómo los lloros y las peleas bajan considerablemente.

Estudiar en verano

Imagen: 8tracks.com

Imagen: 8tracks.com

Tener que estudiar en verano suele ser la pesadilla de los estudiantes. Todos necesitamos y merecemos unas vacaciones, pero cuando han quedado varias asignaturas que se han de recuperar en septiembre o el siguiente curso, o simplemente existe la necesidad de repasar para mantener el ritmo o el hábito de estudio, puede ser una lucha tanto para los alumnos como para los padres.

La planificación es importantísima. Debemos decidir qué, cuándo, cuánto, cómo y dónde. En función del objetivo que tengamos, haremos lo siguiente:

  • Dividiremos el trabajo en secciones y nos marcaremos un tiempo para cubrir cada sección. Cada día repasaremos lo estudiado el día anterior, y también debemos prever jornadas sólo de repaso. Por ejemplo, podemos estudiar un par de temas de lunes a jueves, y repasar los viernes. También programaremos jornadas extra para repasos más globales (un sábado de cada dos podría ser una posibilidad), así como unos días finales también para revisar aquello que aún nos cueste recordar.
  • Decidiremos la hora que nos resulte más fácil de compaginar con nuestro horario en verano. Recomendamos que sea por la mañana, ya que es el momento del día en que solemos estar más descansados, y además si comenzamos temprano podemos disfrutar de tiempo para ocio y descanso el resto del día.
  • Los descansos son imprescindibles, aunque intentaremos limitarlos a un máximo de 10 o 15 minutos por cada hora que dediquemos a estudiar. Evidentemente, no es lo mismo un niño de 9 años que un adolescente o un universitario, pero el rendimiento de todos ellos mejorará si se descansa cada 45 minutos aproximadamente. Es más productivo ser constantes que hacer grandes maratones de estudio de tanto en tanto.
  • Es importante utilizar técnicas de estudio (lectura rápida, lectura lenta, subrayado, resumen, esquemas, mapas conceptuales, fichas…). Nos ayudan a estructurar la información, a retener los datos, y nos facilitan el repaso posterior.
  • Debemos elegir un lugar tranquilo y sin distracciones. Si tenemos la casa muy llena, tendencia a la procrastinación o nos falta fuerza de voluntad para evitar mirar la tele o conectarnos a internet, podemos plantearnos estudiar fuera de casa, sea en la terraza, la biblioteca o buscar un compañero de estudio (aunque no estudie lo mismo que nosotros, pero nos animará estar acompañados y nos podemos ayudar mutuamente a repasar).
  • Podemos planificar también algunas recompensas si cumplimos nuestra programación, como ir a la piscina o la playa por la tarde, al cine el fin de semana, o darnos unos días de vacaciones al final del mes.
  • Si un día estamos cansados o nos sale un plan o simplemente no nos apetece, no pasa nada. No debemos sentirnos culpables ni pensar que somos irresponsables ni nada semejante. El verano es muy largo, y si hemos hecho una buena planificación, seguro que nos queda tiempo más que suficiente donde reubicar esas pocas horas.

Estamos seguros de que siguiendo estas pautas los resultados serán muy positivos. ¡Mucho ánimo, y a disfrutar del verano!