Los celos infantiles

Imagen: lagreenbean.com

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Lo primero que debemos tener en mente a la hora de tratar de entender los comportamientos de nuestros hijos es que son muy inseguros. Cuando hablamos de los celos en los adultos, ya hicimos la conexión entre los celos y el instinto de supervivencia. Si los adultos no podemos evitar sentirnos amenazados, ¿cómo no va a pasarle a nuestros hijos?

Cuando tratamos con niños, es útil mirar las cosas desde su prisma. Es igual que les hayamos dicho en diversas ocasiones que les queremos o que tener un hermanito es muy divertido. Los niños tienen muy poca perspectiva, en especial los más pequeños, y tienden a fijarse en el momento presente, en el ahora. Y ahora su hermano está recibiendo la atención y él no. Los comportamientos que lleve a cabo serán en buena medida una forma de reclamar la atención que desea (y que necesita).

Para tratar de paliar la aparición de celos, tenemos muchas vías por las que actuar:

  • Hacer refuerzo positivo– Siempre hay que buscar algo que premiar o apreciar en el comportamiento del niño, incluso cuando tiene una de esas tardes terribles en las que parece imposible portarse peor. Simplemente con que esté sentado cinco minutos mirando los dibujos, le diremos “¡qué bien que te estás portando ahí sentado, tan tranquilo!”, y si además nos sentamos con él, le damos unos mimos o charlamos unos minutos, le estaremos mostrando claramente que ese buen comportamiento tiene el premio de nuestra atención.
  • Ignorar el mal comportamiento– Es el complemento perfecto al refuerzo positivo. Si el niño no está haciendo nada con lo que pueda hacerse daño o hacerle daño a los demás, le dejaremos estar. Debemos ser conscientes de que tenemos un niño y no una estatua, así que si desordena, ensucia, hace ruido… simplemente está actuando como lo que es. No queremos crearle la idea de que el rol que le consigue atención es el del “hermano malo”.
  • Adelantarnos a los conflictos– Ser previsores nos va a ahorrar muchísimos problemas. Siguiendo el punto anterior, podemos evitar reñirle por cosas que podíamos haber apartado de su alcance, o actividades que no pueda hacer sin supervisión: si el niño pinta las paredes con rotuladores, es porque le hemos dejado cogerlos. Y normalmente sabemos qué botones hacen saltar a nuestros hijos, en qué situaciones se ponen más celosos… Podemos evitarlo de muchas maneras, desde tener algún juguete preparado por si los que nos visitan nos traen un regalo para el nuevo bebé o un regalo de cumpleaños para el hermano, quedar con los abuelos para que le den un paseo mientras grabamos el primer baño del bebé o cuando vamos a ver actuar al otro…
  • Atención en exclusiva– Debemos buscar momentos para que cada niño sea protagonista absoluto. Los bebés no son conscientes de lo que pasa a su alrededor, así que intentaremos centrar nuestra atención en los hermanos mayores, charlando con ellos, pidiéndoles que sean nuestros ayudantes… Y cuando ya no sean bebés, en darles tiempo a solas a todos. Da un poco igual que sea con mamá que con papá que con los abuelos o los tíos, pero que sean tiempos en los que no tengan que competir con otros niños. Si tenemos la posibilidad, haremos diferentes combinaciones para dar atención individualizada a nuestros hijos. Hasta acostarlos con quince o veinte minutos de diferencia (y así leerles un cuento distinto, que el mayor tenga el premio de ver un ratito más la tele por haber cumplido con sus tareas…) dan ocasión a encontrar ratos a solas con cada uno.
  • Quererles igual, pero tratarles según sus necesidades y su carácter– Cada niño es diferente, así que debemos reconocer estas diferencias. Todos sabemos que si compramos dos juguetes iguales, los niños se acabarán peleando por el mismo, probablemente porque ni sabrán cuál es el de cada uno. Es mejor dar opciones para elegir a los niños, conocer sus gustos y tratarlos de forma individualizada. Si un niño elige un coche rojo y el otro un avión azul, no hay duda de qué juguete es el de cada uno. Si quieren jugar con el del otro, tendrán que pedírselo por favor. También les explicaremos que los pequeños necesitan más ayuda porque saben hacer menos cosas, y que si quieren que tengamos más tiempo para ellos nos tienen que ayudar. Y si les decimos lo rollo que es ser pequeño porque no pueden hacer nada, y lo chulo que es ser mayor y la cantidad de ventajas que tiene, mejor aún.
  • Decirles lo mucho que les queremos muy a menudo– A ser posible, varias veces al día. Y explicarles que aunque nos enfademos con ellos no dejamos de quererles por nada, que son dos sentimientos compatibles. Los enfados vienen y van, el amor es para siempre.
  • Cuidar su autoestima– Como hemos dicho, los niños son muy inseguros. Deben saber que son valiosos, que saben hacer muchas cosas bien y que nos encanta estar con ellos. Además del refuerzo positivo y de decirles que les queremos, deben tener ocasiones de hacer cosas que les muestren su valía. Ser lo más autónomos posible y tener tareas les ayuda a aprender, a sentirse seguros, a tolerar mejor la frustración y que no pasa nada por equivocarse.
  • Darles palabras para reconocer sus estados de ánimo– Cuando se porten mal, debemos explicarles porqué creemos que lo hacen. Y que no es excusa para no recibir la consecuencia o el castigo. Si estamos haciendo la cena y los niños no paran de pelearse, les diremos: “sé que estáis cansados y aburridos, pero si tengo que estar pendiente de vosotros no podré hacer la cena, así que además de cansados y aburridos estaréis hambrientos”, y les daremos una tarea o les llevaremos al rincón de pensar o nos sentaremos hasta que se comporten. Además de disciplinarles, les estaremos ayudando a mejorar su inteligencia emocional, y se podrán autoregular mejor con el tiempo.

Como siempre que esperamos ver un cambio, tenemos que ser constantes y pacientes. Con el transcurrir de las semanas y los meses veremos cómo los lloros y las peleas bajan considerablemente.

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