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El síndrome del emperador

Imagen: rightwisconsin.com

Imagen: rightwisconsin.com

Carlos tiene 9 años. Es muy exigente, lo quiere todo y lo quiere ya. Le da igual si no llegáis a fin de mes o si tenéis que trabajar 10 horas diarias. Si no obtiene lo que quiere, se muestra irritado, agresivo, incluso puede llegar a la violencia física. La culpa siempre es de los demás, o tuya. No muestra empatía. Cuando no está enfadado, está triste o ansioso. Tiene baja autoestima.

Este caso es ficticio, pero las características de Carlos son muy reales en los niños que padecen el llamado Síndrome del Emperador. Los expertos no parecen ponerse de acuerdo en cuanto al origen de este trastorno. Se hace mucho hincapié en el aspecto ambiental (tener padres permisivos y/o sobreprotectores, que ambos padres no presenten un “frente común” en cuanto a normas y límites, el consumismo de la sociedad actual, la pérdida de valores morales, la abundancia de gratificaciones inmediatas que proporcionan televisión, videojuegos y otras actividades de ocio modernas…), pero también se habla de posibles causas genéticas, dado que no todos los niños criados en un ambiente similar desarrollan este fenómeno.

Es normal que los niños pequeños tengan rabietas. No obtener lo que desean, llevarse una desilusión, no cumplir sus expectativas… les genera frustración, y al no tener capacidad para gestionarla la expresan llorando y enfadándose. ¡Incluso los adultos tenemos a veces dificultades para tolerar la frustración! No todos nos tomamos igual que las expectativas no se cumplan: depende tanto de nuestro nivel de exigencia como de nuestro perfeccionismo, de nuestra educación, de nuestra experiencia…

¿Cómo enseñamos a los niños a aumentar la tolerancia a la frustración? Por un lado trabajando su inteligencia emocional: enseñarles qué es la frustración, cuándo aparece, dónde la sienten y cómo expresarla de forma apropiada (y que se les respete que para ellos era importante eso que querían). Es importante también que sepan que cuando no estamos bien (si estamos cansados o enfermos, por ejemplo) nos es más difícil lidiar con nuestras emociones. Otro puntal es tener unas normas y límites claros y consistentes, para que no se creen falsas expectativas (y no vale rendirse y ceder justamente porque estamos cansados). Todo esto intentaremos hacerlo desde la paciencia, el cariño y el sentido del humor siempre que sea posible. Reforzando positivamente en lugar de castigar. Pasando tiempo con ellos en lugar de ordenar. Dando un modelo positivo y coherente (no podemos exigirles hacer cosas que nosotros mismos no somos capaces de hacer). Y si nos equivocamos nos disculpamos, que nadie es perfecto, y lo volvemos a intentar.

Si es complicado lidiar con un bebé de 2 años, no es nada sencillo lo que nos viene a continuación. Con 6-7 años aparecen las mentiras, actitudes retadoras, comparaciones con otros padres… Y conforme avanzamos los retos son aún mayores, hasta que en la adolescencia parecemos estar cada uno en una esquina de un ring en el que todo lo que vemos blanco a ellos les parece negro. Educar nunca ha sido fácil, pero hoy en día es aún más complicado por la variedad casi infinita de opciones que se nos ofrecen en todos los sentidos, la cantidad de información que nos llega y que a veces parece confundirnos más que ayudarnos, la falta de tiempo y el ritmo loco de nuestras vidas… Pero retomando el caso ficticio de Carlos, con 9 años nuestras perspectivas son mejores que  con 11 o con 15, así que tiene aún mucho margen de aprender y que los problemas se solucionen. A la hora de educar siempre es más fácil cuanto más pequeños son, así que cuanto antes nos pongamos a ello mucho mejor.

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Todas las bofetadas son a destiempo

Imagen: clearsay.net (Peter Dazeley)

Imagen: clearsay.net (Peter Dazeley)

Seguro que has oído infinidad de veces lo de “una bofetada a tiempo”. A veces se montan debates acalorados sobre el tema, incluso entre personas que no tienen hijos, cuando hablan de cómo los niños de hoy están muy consentidos o que en su momento a ellos les dieron “un par de tortas bien dadas” y que no tienen ningún trauma.

No hay ninguna justificación para pegar a un niño, que quede bien claro. Que un azote no le va a causar un trauma es cierto, pero también es una gran verdad que no va a enseñarle nada positivo tampoco. El azote o el cachete son consecuencias de la pérdida del autocontrol por parte del adulto. Claro que el niño para de hacer lo que estaba haciendo: una mole que casi triplica su estatura y cuadriplica su peso (o más) le ha dado un golpe y posiblemente también le ha gritado. Eso asusta a cualquiera. Pero nosotros ¿qué queremos? ¿Domesticar o educar?

Los niños menores de 3 años carecen de la capacidad para controlar sus impulsos. Simplemente siguen cualquier idea que les pase por la cabeza, sea meterse un objeto pequeño en la boca, beber de cualquier botella que encuentren o subirse a cualquier lugar por el que puedan trepar. Ellos exploran, no lo hacen ni por fastidiar ni desafiando al adulto, sino porque su curiosidad innata y su incapacidad para medir las consecuencias les lleva a ello. La solución a esta manera de actuar es previniendo la exposición del niño al peligro (no dejar nada peligroso a su alcance, poner cierres de seguridad en cajones y puertas, sujetar las estanterías a las paredes…).

A partir de los 3 años empiezan a ganar control, pero no es algo que suceda de la noche a la mañana: serán capaces de controlarse una vez, pero se lanzarán otras muchas veces. Con los años sí irán consiguiendo mejor control, pero es un proceso largo que algunos ni siquiera dominan en la edad adulta, como demuestra la pérdida de control a la que llegamos al gritar o pegar.

A medida que los niños se van haciendo mayores y se puede hablar con ellos (aunque sea a gritos) suele reducirse la frecuencia de los cachetes, y es justo a los más pequeños e indefensos a los que más se les aplica el castigo físico. Basta sentarse un rato en un parque para darse cuenta que es algo muy extendido, que se hace sin pensárselo dos veces pese a estar prohibido por ley desde hace algunos años.

Otro motivo por el que el cachete no enseña es porque confunde a los niños y pone en duda nuestra coherencia. No es raro ver a padres decir “no se pega” mientras dan un azote o golpean las manos de los niños. ¿En qué quedamos? ¿No está bien que ellos peguen, pero nosotros sí podemos pegarles? Si no se pega, no se pega, ni ellos ni nosotros. Si nunca te han pegado, la frontera que te separa de llegar al castigo físico es muy definida.

También queremos hacer hincapié en que los niños aprenden mucho por imitación. Un niño al que se le pega es más probable que sea un niño que pega. Un adulto al que se le pegó de pequeño es más probable que sea un adulto que pega a sus hijos (o a su pareja). Estamos en una sociedad muy agresiva, donde podemos observar violencia por todas partes y a todas horas, prisas, estrés, discusiones… La exposición a cualquier forma de agresividad suele comportar habituación: no nos parece tan chocante cuando nos acostumbramos a verlo. Un entorno con un bajo nivel de agresividad nos ayudará a criar hijos más estables, con más control de las reacciones, más seguros de ellos mismos…

Si tienes dificultades de autocontrol, no sabes cómo gestionar la ira o necesitas estrategias para la educación de tus hijos, podemos ayudarte. Llámanos a los teléfonos 622 26 60 40 / 629 97 33 24 o escríbenos a rbpsicolegs@gmail.com, e infórmate.

El trastorno oposicionista desafiante

Imagen: tdahsalamanca.wordpress.com/

Imagen: tdahsalamanca.wordpress.com

También llamado trastorno negativista desafiante por oposición, es un patrón de comportamiento infantil caracterizado por un rechazo a la autoridad de los adultos que se relacionan con el niño. De manera reiterada, el niño se niega a hacer lo que le dicen, se muestra hostil, responde de forma irrespetuosa, se burla… provocando una gran impotencia entre padres y profesores, que no saben cómo tratar con él o cayendo en una escalada de discusiones y/o castigos que lejos de resolver la situación parece que la empeoran.

Los criterios diagnósticos según el DSM-IV (el manual diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría) son los siguientes:

A. Un patrón de comportamiento negativista, hostil y desafiante, de al menos 6 meses de duración, y en el que están presentes cuatro o más de los siguientes comportamientos:

a. Se encoleriza e irrumpe en pataletas                                                     b. Discute con adultos                                                                                         c. Desafía activamente a los adultos o rehúsa cumplir sus demandas                                                                                                                d. Molesta deliberadamente a otras personas                                       e. Acusa a otros de sus errores o mal comportamiento                     f. Es susceptible o fácilmente molestado por otros                              g. Colérico o resentido                                                                                       h. Rencoroso o vengativo

B. Deterioro clínicamente significativo en la actividad social, académica o laboral.

C. Los comportamientos no aparecen exclusivamente en el transcurso de un trastorno psicótico o de un trastorno del estado de ánimo.

D. No se cumplen los criterios de trastorno disocial y, si el sujeto tiene 18 años o más, tampoco los del trastorno antisocial de la personalidad.

Este trastorno puede darse en solitario, aunque en muchos casos es comórbido (aparece de forma habitual) en niños afectados de TDAH. También es un factor de riesgo en la aparición de un trastorno de conducta en la juventud.

Se desconocen las causas que provocan la aparición de este trastorno, aunque se han apuntado dos teorías principales, una relacionada con el desarrollo (dificultades en la adquisición de autonomía) y otra con el aprendizaje (refuerzo de las conductas negativas por parte de los adultos). También se han apuntado el  propio temperamento del niño, el estrés, los sucesos traumáticos… Personalmente, creemos que probablemente todos tengan parte de razón, y sean varios los factores contribuyentes.

El tratamiento propuesto generalmente suele ser de tipo farmacológico y/o psicoterapéutico. Entendemos las dudas que genera administrar medicación a los niños, y que se prefiera un acercamiento desde la psicoterapia, pero no hay que descartar la ayuda que puede aportar la medicación, especialmente en los niños de tipo más ansioso u obsesivo. También queremos destacar la importancia de la figura de los padres como coterapeutas, ya que son ellos los que pasan mayor número de horas con los niños y su labor es importantísima. En los casos en los que también se dan conductas problemáticas en el aula, sería positiva una mediación escolar que permita explicar a los profesores el tratamiento que se está llevando a cabo y darles una pautas para ayudarles a apoyar al niño en su proceso.

¿Qué son los neurotransmisores?

Fuente: Wikipedia (“sinapsis”)

No os asustéis, que no pretendemos hacer un tratado de neurociencia. Pero, en los artículos sobre trastornos, a menudo mencionaremos los neurotransmisores como causa, y no parece muy lógico hablar sobre ello sin explicar muy básicamente qué son. Y destacamos el “muy básicamente”, porque sólo queremos que os hagáis una idea, sin introducir complicadas explicaciones ni un montón de vocabulario nuevo, ¡que nos perdonen los neurólogos!

Un neurotransmisor es una sustancia química que las neuronas (las células nerviosas) liberan para transmitir el impulso (o señal nerviosa) de una a otra, de manera que la información llegue a su destino. Las neuronas no están unidas, sino que hay un espacio entre ellas llamado sinapsis. En este espacio, la neurona presináptica envía la señal, liberando los neurotransmisores, y la neurona postsináptica la recibe, activándose.

Hay diferentes tipos de neurotransmisores y diversas maneras de clasificarlos. Algunos de ellos actúan también como hormonas. Nosotros nos limitaremos a presentar los más importantes:

  • Acetilcolina- Actúa sobre el sistema cardiovascular, provocando vasodilatación y una reducción de la frecuencia cardíaca, y también sobre el tracto gastrointestinal. Se ha relacionado la reducción de la síntesis de la acetilcolina con el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer.
  • Adrenalina- También llamada epinefrina. Su función en la respuesta a estímulos amenazantes (“respuesta de lucha o huída”) es muy importante, ya que aumenta la frecuencia cardíaca, dilata las vías aéreas, aumenta la concentración de glucemia y ácidos grasos en la sangre… La adrenalina se libera en grandes cantidades en momentos de tensión (por ejemplo, en situaciones de estrés, de peligro, emociones intensas…).
  • Dopamina- Está ligada a numerosas funciones cerebrales como el aprendizaje, la atención, la memoria de trabajo, el estado de ánimo, el sueño o el control motor. La enfermedad de Parkinson está causada por la pérdida de neuronas generadoras de dopamina en una zona de la estructura cerebral llamada sustancia negra. El TDAH también está ligado a un déficit de dopamina.
  • GABA- Siglas en inglés del ácido gamma-aminobutírico. La disfunción de los llamados circuitos GABAérgicos se asocia a enfermedades como el Parkinson, la Corea de Huntington, el Alzheimer, la demencia senil o la esquizofrenia.
  • Noradrenalina- También llamada norepinefrina. Unos niveles anormales de noradrenalina también están relacionados con el TDAH, y se estudia su relación con la depresión y la esquizofrenia.
  • Serotonina- En ocasiones, se refieren a ella como la “hormona del placer”. Entre sus funciones se halla la regulación del apetito, el deseo sexual, el sueño, la temperatura corporal, la densidad ósea, la ansiedad, la agresividad, el humor… Bajos niveles de serotonina se relacionan con estados de ansiedad, trastorno obsesivo-compulsivo, depresión, migrañas y fibromialgia.

¡Uf, suerte que no íbamos a introducir un montón de vocabulario nuevo! Esperamos que haya quedado claro incluso para “los de letras”… Por favor, no dudéis en preguntar lo que no tengáis claro enviándonos un comentario.

El método del sandwich

En el artículo sobre los “mensajes-yo”, comentábamos que hay personas muy sensibles a las críticas. Evidentemente, a todos nos gusta más que nos alaben en lugar de criticarnos, así que siempre cuesta encajar los comentarios negativos, por mucho que la persona que nos los hace lo haga con la mejor intención.

El método del sandwich es una técnica muy sencilla y muy efectiva para hacer crítica constructiva sin enemistarnos con nadie, ya que presenta al mismo tiempo lo negativo y lo positivo (seguro que casi siempre podemos encontrar algo positivo que decir). Veamos la diferencia entre una crítica “a pelo” y otra empleando el método del sandwich:

– Esta comida no sabe a nada, ¿has perdido el salero?

– Gracias por preparar la comida, aunque para mi gusto creo que le falta algo, algo de sal o alguna especia. El pollo que hiciste el otro día estaba más sabroso, me gustó mucho.

Con el método del sandwich, posicionamos la crítica en medio de dos comentarios más agradables para la otra persona, de forma que obtenga información tanto negativa como positiva (que, además, también merece reconocimiento), no se ponga a la defensiva y esté más predispuesto a solucionar la parte problemática. Así, su motivación será mayor y además abrimos la comunicación, de forma que tal vez nos pidan más indicaciones, nos sugieran qué nos parece la solución que han pensado…