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El síndrome del impostor

Imagen: jacquierobertson.wordpress.com

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En 1978, las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes publicaron un artículo llamado “The Imposter Phenomenon in High Achieving Women: Dynamics and Therapeutic Intervention”, donde acuñaron el concepto que hoy nos ocupa: el síndrome del impostor. No debe ser confundido con un trastorno llamado Síndrome de Capgras (el que lo sufre piensa que sus seres queridos no son ellos sino impostores).

El síndrome del impostor se refiere a la dificultad para aceptar las capacidades y los logros propios, creando la sensación de que no se merece aquello que se consigue. Por más que existan evidencias externas de sus méritos, como que alcancen las metas que se proponen con éxito, las personas que padecen este síndrome no son capaces de interiorizar que son los artífices de ese éxito, sino que lo atribuyen a la buena suerte o causas externas, y tienen dificultad para aceptar los elogios o los reconocimientos. Así, viven con la angustia de pensar que en cualquier momento su buena suerte pueda terminarse. Entonces, todo el mundo se dará cuenta de que les ha estado engañando y se revelará que en realidad todo ha sido un fraude. Esto les puede llegar a impedir progresar y continuar proponiéndose nuevos objetivos.

¿Por qué se da este fenómeno? Si bien se relaciona con problemas de inseguridad y autoestima baja, también se da por el hecho de que el adentrarse mucho en un área del conocimiento hace ser a veces más consciente de todo aquello que no se conoce. También la presión por lo que se ha luchado, el perfeccionismo y el fijarse metas cada vez más altas y a veces casi inalcanzables, o la dificultad para aceptar y aprender de los errores, son factores que influyen en esta problemática.

No se trata de una patología descrita en el DSM (el manual de trastornos mentales elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría), pero es un fenómeno bastante corriente, de forma habitual o puntualmente, y a menudo entre personas muy capaces, como alumnos con Altas Capacidades, estudiantes universitarios o de posgrado,  o profesionales exitosos.

Si tienes dificultades para mantener tu autoestima alta, para planificar y conseguir tus objetivos o eres demasiado exigente contigo mismo, podemos ayudarte. Llámanos a los teléfonos 622 26 60 40 / 629 97 33 24, o escríbenos a rbpsicolegs@gmail.com y te informaremos.

El duelo

Imagen: funny-quotes.picphotos.net

Imagen: funny-quotes.picphotos.net

En psicología, llamamos “duelo” al proceso de adaptación por el que pasamos después de una pérdida. Solemos asociarlo al fallecimiento de un ser querido, pero en realidad hay muchos tipos de pérdida que originan un proceso de duelo: un aborto, una separación, una enfermedad importante, la pérdida del trabajo, del estatus económico, un traslado a otra ciudad o país… Podemos hacernos una idea de cuánto nos afecta cada tipo de pérdida mirando la escala de Holmes y Rahe.

Cada duelo tiene unas características propias que lo hacen más o menos difícil de superar: si la pérdida ha sido inesperada, si hemos sufrido otra pérdida reciente, la red social de la que disponemos… También las personas tenemos diferentes situaciones que marcarán el ritmo el proceso, de forma que es difícil estimar a priori cómo será ese proceso o cuánto durará. La combinación de todos estos factores dará lugar a un duelo “normal” (aquel que, a mayor o menor ritmo, va mostrando una evolución), un duelo complicado (aquel con factores de riesgo para impedir elaborar un duelo “normal”) o un duelo patológico (aquel en que el proceso de duelo se ve alterado por la aparición de problemas o trastornos como consumo de drogas o alcohol, depresión, intentos de suicidio…).

El duelo suele dividirse en diferentes etapas, que varían según los autores. Si la pérdida ha sido inesperada, lo más habitual es pasar primero por una fase de incredulidad o de negación, de no aceptar que la pérdida es real. Después es común pasar por una fase en que los sentimientos son muy intensos (rabia, tristeza, culpa…). En la siguiente fase, la intensidad baja, y se empiezan a retomar pequeñas actividades de antes de la pérdida. Finalmente, se recoloca lo perdido en un lugar en que posiblemente nos acompañe toda la vida, pero ya no es tan doloroso e incluso podemos recordar con una sonrisa los buenos momentos. Hay personas que incluso llegan un poco más alla, dando una significación nueva a esa pérdida, agradeciendo el aprendizaje o la situación nueva en la que nos ha permitido situarnos.

Si vamos avanzando en nuestro proceso, por lento que sea, es una buena señal. Pero si estamos bloqueados, si nos sentimos muy desesperanzados, si estamos llevando a cabo conductas de riesgo para nuestra salud… es importante buscar la ayuda de un profesional. El dolor por la pérdida no se puede eliminar de raíz, hay que pasarlo y aprender a vivir sin lo que hemos perdido. Pero el psicólogo puede ayudar a gestionar las emociones, dándonos técnicas y tareas que nos permitan expresar lo que sentimos, librarnos de pensamientos inadecuados, volver a hacer actividades que nos permitan disfrutar de lo que tenemos…. En definitiva, que nos permitan recuperar el bienestar con la vida.

Si tú o alguien de tu entorno está atravesando un duelo complicado o patológico, podemos ayudaros. Llámanos a los teléfonos 622 26 60 40 / 629 97 33 24 o escríbenos a rbpsicolegs@gmail.com, y te informaremos.

Así suena la esquizofrenia

En este video, su autor ha colgado el audio de un proyecto desarrollado después de entrevistar a muchas personas que padecían este trastorno. Pretende recrear lo que escuchan en sus cabezas durante un brote o simplemente a diario. No hace falta entender mucho inglés para darse cuenta de la angustia que debe pasarse con todo este “ruido”, pero entre otras cosas podemos oír “estúpido”, “salta delante del coche”, “hazlo ahora”, “perra”, “ella lo sabe”…

Si queréis que el efecto sea lo más parecido posible, usad auriculares. Os advertimos de que el resultado es muy inquietante.

Alucinaciones auditivas en la esquizofrenia:

El síndrome postvacacional

Imagen: blog.intercall.com

Imagen: blog.intercall.com

Aunque no figure como trastorno ni en el DSM ni en la CIE (las dos clasificaciones internacionales de enfermedades, la primera de la Asociación Americana de Psiquiatría y limitada a los trastornos mentales, y la segunda de la OMS), cada vez oímos hablar más de este síndrome.

El síndrome postvacacional hace referencia a una serie de síntomas experimentados por las personas a la vuelta de un período de vacaciones. A nivel físico se puede experimentar cansancio, insomnio y/o somnolencia y falta de apetito, pero la mayoría de síntomas son de tipo psicológico: dificultades de concentración y de toma de decisiones, apatía, procrastinación, irritabilidad, angustia… Estos síntomas suelen hacerse más manifiestos en el entorno laboral, especialmente cuando nuestro trabajo ya nos resultaba poco satisfactorio o estresante antes de las vacaciones, pero pueden acabar afectando al área familiar y social. También unas vacaciones muy largas y/o agotadoras, y el jetlag incrementan las posibilidades de aparición del síndrome, así como la intensidad y la duración del mismo.

La mejor manera de evitar el síndrome postvacacional es la prevención: volver del lugar de veraneo al menos un par de días antes de la reincorporación al puesto de trabajo, reinstaurar progresivamente los horarios y rutinas hacia el final de nuestras vacaciones, dedicar más tiempo a nuestras aficiones en esos primeros días de reincorporación para no hacer un cambio tan brusco entre vacaciones y rutina, dedicar un tiempo a planificar y ordenar nuestra lista de tareas pendientes… Si tenemos la posibilidad, también puede ser bueno no gastar todos nuestros días libres seguidos, sino reservar algunos para repartirlos a lo largo del año, de forma que mantengamos la ilusión por algunos días más de descanso en cualquier estación del año, no sólo en verano.

Generalmente, el síndrome postvacacional remite con el tiempo, y en unas pocas semanas volveremos a estar a pleno rendimiento. Si notamos mucha afectación y que la mejoría no llega, recomendamos consultar con un profesional.