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¿Es verdad que “la gente no cambia”?

Imagen: taringa.net

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“La gente no cambia” o “yo soy así” son frases que hemos escuchado en innumerables ocasiones, pero ¿son ciertas? Nosotros evidentemente creemos que sí es posible el cambio, ya que de lo contrario no nos dedicaríamos a esto.

¿Crees que eres la misma persona que eras diez, veinte o treinta años atrás? Después de haber sufrido una ruptura dolorosa, haber experimentado un duelo o haber tenido un hijo, ¿te ves igual que antes?

Hay muchos sucesos a lo largo de nuestra vida que van cambiando nuestros hábitos, nuestro estado de ánimo, nuestros pensamientos… Lo que sucede con las “causas de fuerza mayor” (como las mencionadas en el párrafo anterior) es que no nos dejan otra alternativa, y el cambio se acaba produciendo incluso sin desearlo. Otras veces son circunstancias no tan radicales las que van moldeando nuestras particularidades, y no podemos señalar un momento preciso en el tiempo como “punto de partida del cambio”, pero sí podemos pararnos a pensar un día y decirnos “yo antes no era así”. Y es que una de las características principales del ser humano es su capacidad de adaptación, y adaptarse implica cambiar.

Cambiar no es fácil, sobretodo cuando no tenemos una causa de fuerza mayor y depende de nuestra voluntad. Además, en muchas ocasiones se interponen multitud de obstáculos, como pueden ser las personas que nos rodean, nuestra situación económica, nuestras creencias, nuestras emociones… Podemos querer cambiar, pero no saber cómo llegar hasta ahí.

En el mercado hay infinidad de libros de autoayuda que nos prometen conseguir cualquier cosa que nos propongamos, pero lo más probable es que al cabo de pocos días acaben cogiendo polvo en una estantería. ¿Por qué a la mayoría de personas no les funcionan? Por una parte, el cambio requiere un esfuerzo enorme en términos de tiempo, de energía, de dedicación, de atención, de perseverancia… Es un camino que no puede recorrer nadie en nuestro lugar, así que tenemos que estar dispuestos a los sacrificios que conlleva el conseguirlo. Por otro lado, cada persona es diferente, así que difícilmente un libro pueda adaptarse a todas las circunstancias que rodean cada caso particular. Pueden ser un buen refuerzo, orientar, dar unas pautas útiles… y según el propósito pueden cumplir con su objetivo.

No obstante, en muchos casos el cambio requiere un enfoque personalizado y una actuación a diversos niveles que sólo un profesional (terapeuta o coach) puede diseñar. Y decimos diseñar porque insistimos: no tenemos una varita mágica, y para conseguir cambios duraderos se precisa esfuerzo y voluntad. El consabido “yo soy así” es una excusa, y está en nuestras manos evolucionar para ser mejores y más felices, independientemente de las cartas que nos haya tocado jugar.

La profecía autocumplida

Imagen: harrypotter.wikia.com

Imagen: harrypotter.wikia.com

Expresión acuñada por el sociólogo Robert K. Merton en su libro Teoría Social y Estructura Social (1949), la profecía autocumplida o autorrealizada es una predicción de cómo va a ir algo, que por el simple hecho de pensarse o decirse hace que se haga realidad. No tiene nada de mágico ni paranormal, sino que es una muestra del poder que tienen los pensamientos sobre nuestras capacidades y nuestro rendimiento.

Cuando nos referimos a algo que no es fortuito, sino que depende de las acciones que podamos emprender, el hacer una predicción negativa baja nuestra motivación. Por ejemplo, si pensamos “las entrevistas se me dan mal, seguro que no consigo el trabajo”, nos estamos condicionando negativamente. Nos ponemos más nerviosos, tenemos menos convicción, nuestro rendimiento es peor… y acabamos por no conseguir el empleo.

Esta manera de pensar también puede afectar a los que nos rodean (efecto Pigmalión). Por ejemplo, cuando nuestros hijos nos traen las notas, lo que menos les ayuda es que les digamos “con estas notas no vas a servir ni para barrendero (por favor, que no se ofendan los barrenderos, que es una profesión muy honrada, pero son palabras textuales de una madre)”. Este tipo de afirmaciones no consiguen nada positivo, sino que desmoralizan y bajan la confianza en uno mismo.

Por mucho que nos decepcionen, siempre podemos expresarnos en otros términos. En el mismo caso, podemos decir: “ya sabes que estas notas no son buenas, e imagino que te sentirás tan decepcionado como yo… espero que hayas aprendido en qué te has equivocado para hacerlo mejor la próxima vez”. Siguen siendo unas palabras muy duras, pero a la vez expresan un mensaje con mayor confianza en el niño y en el futuro. Aún podemos hacerlo mejor, y decir: “¿Cómo te sientes? ¿Qué crees que podrías haber hecho diferente para que las notas hubieran sido mejores? ¿Crees que hay algo en lo que pueda ayudarte?”. Con estas preguntas, promovemos la inteligencia emocional, la resolución de problemas,  el aprendizaje de los errores, el vínculo…

En definitiva, tenemos que ser más conscientes del daño que hacen tanto las palabras como los pensamientos negativos, y tratar de evitarlos. Son palos en las ruedas gratuitos a la hora de conseguir los objetivos que nos proponemos. Las expectativas positivas, en cambio, influyen en la ejecución de forma que favorecen la consecución de metas. El camino elegido depende sólo de nosotros.

Las inteligencias múltiples

Imagen: Instituto Tecnológico de Sonora

Imagen: Instituto Tecnológico de Sonora

La teoría de las inteligencias múltiples fue desarrollada por el psicólogo Howard Gardner en 1983. Según este autor, la inteligencia puede dividirse en diversos tipos. Originalmente distinguió siete tipos, aunque él mismo y otros autores han propuesto hasta un total de nueve, que describiremos muy brevemente:

Inteligencia lingüística- Es la inteligencia relacionada con la lectura, la escritura, la expresión verbal, el aprendizaje de idiomas… Es una de las inteligencias consideradas “académicas”, ya que permite a los que la poseen obtener buenos resultados en el colegio, y también de las pocas que se pueden identificar y medir en los tests de inteligencia.

Inteligencia lógico-matemática- Es la inteligencia relacionada con las habilidades matemáticas, los razonamientos lógicos, las abstracciones… Es otra de las “inteligencias académicas” y, al igual que la inteligencia lingüística,  también es cuantificable mediante tests de inteligencia.

Inteligencia musical- Las personas con inteligencia musical son capaces de entender y crear música gracias a una especial sensibilidad para los sonidos, los tonos, el ritmo…

Inteligencia visuo-espacial- Tiene que ver con la capacidad para percibir y relacionar los espacios y los objetos situados en ellos, de forma que puedan recrearse mentalmente. Arquitectos, pintores o escultores basarían buena parte de su capacidad en este tipo de inteligencia.

Inteligencia corporal-cinestésica- Está relacionada con la capacidad de controlar los movimientos corporales y de manejar ciertos objetos. Actores, bailarines o deportistas muestran este tipo de inteligencia.

Inteligencia interpersonal- Este tipo de inteligencia se halla en aquellas personas con capacidad para identificar, entender y controlar los sentimientos y las emociones de otros, como pueden ser políticos, profesores o psicólogos.

Inteligencia intrapersonal- Sería complementaria de la anterior, al referirse a las emociones de uno mismo. 

Inteligencia naturalista- Está relacionada con el reconocimiento y la clasificación de animales, plantas, minerales e incluso objetos, de forma que se pueda identificar a qué entorno pertenecen. También con la habilidad para cultivar y cuidar seres vivos. Cocinero, jardinero o geólogo serían buenas profesiones para las personas dotadas de esta inteligencia.

Inteligencia existencial o moral- Ésta es la más discutida de todas las inteligencias propuestas, ya que el propio Gardner no llegó a incluirla “oficialmente”, pero valoró la posibilidad de que existiera.

Muchos expertos no están de acuerdo con esta división, por la dificultad de valorarlas por separado o por considerarlas una habilidad más que una inteligencia específica. En cambio, especialmente en el terreno educativo se ha escrito mucho sobre estas categorías, creando metodologías de enseñanza diferentes a las más tradicionales (las de memorizar los ríos de España o hacer veinte multiplicaciones diarias, por ejemplo), y dando lugar al desarrollo de currículo académico en otros campos y a la consideración de que muchos niños pueden ser auténticos genios en ciertas áreas consideradas menores como educación física o música, aunque luego suspendan las mates.

Viendo los terribles datos de fracaso escolar que se dan actualmente, merece mucho la pena buscar alternativas a la docencia tradicional, buscando los puntos fuertes, la motivación por el aprendizaje y la integración en el mundo real de cada alumno, en lugar de la memorización y la repetición hasta el hartazgo que han padecido y padecen muchos estudiantes.

¿Ya has descubierto tu tipo de inteligencia?

Autoconcepto y autoestima

Este post trata sobre dos términos que van muy ligados: autoconcepto y autoestima. La autoestima es un concepto de uso corriente hoy día, pero el autoconcepto quizá no es tan conocido (aunque la propia palabra da muchas pistas).

Por autoconcepto entendemos la imagen que tenemos de nosotros mismos en lo referente a nuestro aspecto, nuestras capacidades y habilidades a nivel intelectual, psicológico, social, etc. Es una construcción mental que nos permite definirnos y situarnos dentro de cualquier entorno. Este autoconcepto es revisable, se crea en la infancia y va evolucionando a medida que vamos incorporando diferentes características a nuestra persona. Por ejemplo, me puedo definir como una mujer de estatura media, morena, extrovertida, optimista, miope, despistada… Este autoconcepto se refiere sólo a las características que conforman mi persona, es decir, no tiene necesariamente un valor afectivo asociado.

La autoestima es la apreciación que hacemos de nuestro autoconcepto. Una autoestima bien ajustada nos permite ser conscientes de nuestros defectos y de nuestras virtudes, y aceptar la opinión de los demás hacia nosotros mismos, bien sea una crítica o un elogio, en su justa medida. Siguiendo el ejemplo anterior, ser despistado puedo verlo como un defecto o como una característica entrañable, aunque si nos percibimos como “feos”, “tontos”, “vengativos”, “cobardes”… difícilmente podremos hacer una valoración positiva de nosotros mismos. Así, podemos sentirnos a gusto con nosotros mismos (tenemos una autoestima alta) cuando nos respetamos y creemos en nosotros mismos, mientras que podemos sentirnos a disgusto (tenemos una baja autoestima) cuando no nos valoremos y pensemos que no somos capaces de enfrentarnos a los retos y los problemas que se nos plantean en la vida.

Autoconcepto y autoestima pueden trabajarse para cambiar nuestra percepción sobre nosotros mismos, y reducir la problemática asociada a la falta de autoestima:

  • Inseguridad y falta de confianza en nosotros mismos
  • Dificultad para establecer nuevas metas y reconocer nuestros méritos
  • Dificultad en la toma de decisiones por miedo a equivocarnos
  • Dependencia de otros y búsqueda de aprobación
  • Problemas de asertividad y miedo a expresar nuestros sentimientos
  • Dificultad de relacionarse con otros y de intimidad
  • Autocrítica y culpabilidad excesiva

Esto puede traducirse en patologías como problemas de sueño, ansiedad, depresión, trastornos de la alimentación, problemas de pareja, disfunciones sexuales, dependencias…