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¿Felices a toda costa?

En estos últimos años, no hay día que no entres en Facebook o Twitter o cualquier red social donde no te aparezca alguna imagen idílica y un mensaje sobre la felicidad, casi obligándote a ser feliz a pesar de los pesares. Y no faltan fotos de amigos de vacaciones en parajes exóticos, o en fiestas fabulosas, recibiendo un montón de regalos de cumpleaños o Navidad o enormes ramos de flores. Y no es raro que entres en una tienda de regalos y encuentres tazas, portalápices, delantales, cuadros y un largo etcétera de merchandising “pro-felicidad”. Y si tú esa mañana te has levantado de buen humor, puede que sonrías y pienses “¡Qué gran verdad!”. Pero, ¿qué pasa si tu jefe te ha obligado a cogerte las vacaciones en julio, a pesar de que tu pareja sólo puede cogerlas en agosto? ¿O si te han dado un golpe al coche y se han dado a la fuga? ¿O si te ha llegado la factura de la luz y tienes la cuenta en números rojos? ¿Tenemos que sentirnos felices y sonreirle a la vida a pesar de que ésta parezca empeñada en darnos la espalda?

En consulta he escuchado frases como “es que no sé poner las cosas que me pasan en positivo”, o “es que quiero cambiar el chip para ser optimista pero no lo consigo”. Muchas personas tienen la idea de que para superar un período de tristeza tienen que pasar a verlo todo de forma positiva, sentirse felices en todo momento, y es una de las primeras distorsiones a las que nos enfrentamos. No entraremos en definir qué es la felicidad, si es un estado o una actitud. Podríamos hablaros de la teoría del Flow de Mihaly Csikszentmihalyi, de Seligman, de Maslow… El objetivo de este artículo es otro.

Queremos hablar ante todo de la negación del dolor y de la tristeza que parece perseguir toda esta parafernalia. La vida es azar. Desde el momento en que nacemos hasta que morimos estamos expuestos a que nos suceda cualquier cosa, buena, mala o regular. Por muchos esfuerzos que hagamos en que todo nos salga bien, siempre habrá cosas que se nos tuerzan, y con algunas no tendremos ninguna capacidad para evitarlo o arreglarlo. Ver la vida bajo esta perspectiva puede darnos miedo, y a veces nos agarramos a supersticiones, mitos o creencias varias para sentir un mayor control sobre los sucesos.

Esta manera de pensar nos puede crear problemas a la larga, porque evitamos enfrentarnos al miedo y aceptar que estamos indefensos ante ciertos hechos. Esto nos debilita cuando efectivamente pasa algo malo. Nos cuesta creer que nos haya pasado eso que nos ha pasado (“¿cómo he tenido un día tan malo, si esta mañana he pensado que iba a tener un gran día?”), podemos culparnos (“ya sabía que me iban a despedir, me lo merezco”) o llevarnos al pensamiento mágico (“esto me pasa por decir que todo me iba bien, lo he gafado”). Llevado al extremo, las personas que padecen algún trastorno como distimia o depresión, pueden pensar que están así porque quieren, que sólo es cuestión de proponerse ser feliz. Con ponerse una frasecita buenrollista de estado y una imagen con corazones como foto de perfil ya me “cambia el chip”.

Cuando me pasa algo malo, tengo derecho a sentirme mal. No pasa nada por estar triste si tengo un motivo para ello. Cuando un hecho me pone triste, y me quedo un fin de semana en casa, me da la ocasión de analizarlo, ver qué pasó y por qué, qué se puede hacer diferente para que no vuelva a ocurrir… La tristeza tiene una utilidad, aunque sea una emoción negativa. Si sólo miro de apartarlo y continuar adelante, no habré aprendido nada de ese hecho, y puede que más tarde repita el error, o lo lleve en la mochila durante muchos años, impidiéndome avanzar. Además, me permite valorar mejor los momentos buenos, dándome la opción de disfrutarlos mucho más mientras duren. Aprendo a tolerar la frustración, a ajustar mis expectativas, a planificar y organizar mejor…

Por supuesto que ser consciente de la realidad y aceptar las cosas que nos pasan no está reñido con ser optimista o salir de casa con una sonrisa. Simplemente se trata de no negar nuestras emociones, aprender a gestionarlas sin apartarlas. Y no perder de vista que por mucho que me haya pasado algo malo un día, a lo largo del día me han podido pasar otras cosas buenas (“se me estropeó el coche pero mi compañera se ofreció a venir a recogerme y a traerme, y hemos tenido ocasión de charlar un rato de temas más personales y conocernos mejor”) que puestas en una balanza hacen que el día no haya sido 100% malo. Y que podemos aprender mucho de lo que no sale bien (“gracias a suspender el examen me he dado cuenta de que no entendía el tema tan bien como yo pensaba”). Y que ser optimista me da más ganas de intentar cosas, pero sin exigirme en exceso ni generarme expectativas poco realistas. Y que ir por la vida con una sonrisa me hace más simpático a los demás y suelen tratarme mejor.

Lo demás, lo dejaremos para las tazas, que hay algunas preciosas.

Y si tienes dificultades para gestionar tus emociones, atraviesas un período de tristeza que se alarga en exceso, te cuesta conseguir las metas que te propones… podemos ayudarte. Llámanos a los teléfonos 622 26 60 40 / 629 97 33 24 o escríbenos a rbpsicolegs@gmail.com, y te informaremos sobre nuestros servicios.

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La profecía autocumplida

Imagen: harrypotter.wikia.com

Imagen: harrypotter.wikia.com

Expresión acuñada por el sociólogo Robert K. Merton en su libro Teoría Social y Estructura Social (1949), la profecía autocumplida o autorrealizada es una predicción de cómo va a ir algo, que por el simple hecho de pensarse o decirse hace que se haga realidad. No tiene nada de mágico ni paranormal, sino que es una muestra del poder que tienen los pensamientos sobre nuestras capacidades y nuestro rendimiento.

Cuando nos referimos a algo que no es fortuito, sino que depende de las acciones que podamos emprender, el hacer una predicción negativa baja nuestra motivación. Por ejemplo, si pensamos “las entrevistas se me dan mal, seguro que no consigo el trabajo”, nos estamos condicionando negativamente. Nos ponemos más nerviosos, tenemos menos convicción, nuestro rendimiento es peor… y acabamos por no conseguir el empleo.

Esta manera de pensar también puede afectar a los que nos rodean (efecto Pigmalión). Por ejemplo, cuando nuestros hijos nos traen las notas, lo que menos les ayuda es que les digamos “con estas notas no vas a servir ni para barrendero (por favor, que no se ofendan los barrenderos, que es una profesión muy honrada, pero son palabras textuales de una madre)”. Este tipo de afirmaciones no consiguen nada positivo, sino que desmoralizan y bajan la confianza en uno mismo.

Por mucho que nos decepcionen, siempre podemos expresarnos en otros términos. En el mismo caso, podemos decir: “ya sabes que estas notas no son buenas, e imagino que te sentirás tan decepcionado como yo… espero que hayas aprendido en qué te has equivocado para hacerlo mejor la próxima vez”. Siguen siendo unas palabras muy duras, pero a la vez expresan un mensaje con mayor confianza en el niño y en el futuro. Aún podemos hacerlo mejor, y decir: “¿Cómo te sientes? ¿Qué crees que podrías haber hecho diferente para que las notas hubieran sido mejores? ¿Crees que hay algo en lo que pueda ayudarte?”. Con estas preguntas, promovemos la inteligencia emocional, la resolución de problemas,  el aprendizaje de los errores, el vínculo…

En definitiva, tenemos que ser más conscientes del daño que hacen tanto las palabras como los pensamientos negativos, y tratar de evitarlos. Son palos en las ruedas gratuitos a la hora de conseguir los objetivos que nos proponemos. Las expectativas positivas, en cambio, influyen en la ejecución de forma que favorecen la consecución de metas. El camino elegido depende sólo de nosotros.

La teoría de la autoeficacia

Imagen: elclubdelautodidacta.com

Imagen: elclubdelautodidacta.com

Albert Bandura es un psicólogo ucraniano-canadiense nacido en 1925. En 1986, elabora la Teoría Social Cognitiva, referente a la regulación de la motivación y la acción humanas, que implicaría tres tipos de expectativas: las expectativas de situación-resultado, las expectativas de acción-resultado y la autoeficacia percibida. Nosotros vamos a quedarnos con la parte de la teoría de la autoeficacia.

Bandura define las expectativas como “la evaluación subjetiva de la probabilidad de alcanzar una meta concreta”, es decir, el análisis que hacemos de un objetivo para saber si seremos capaces de conseguirlo. Distingue entre dos tipos de expectativas: las expectativas de resultado y las expectativas de eficacia.

Las expectativas de resultado consisten en nuestra valoración de si una conducta concreta producirá el resultado deseado. Por ejemplo, podemos plantearnos hacer media hora de ejercicio diario para bajar de peso.

En cambio, las expectativas de eficacia dependen de nuestra creencia de que poseemos la capacidad necesaria para obtener nuestro objetivo. Siguiendo el ejemplo anterior, si seremos capaces de dedicar esa media hora diaria a hacer ejercicio y así bajar de peso.

¿Qué factores influyen a la hora de crear nuestras expectativas de autoeficacia? El principal es nuestra experiencia previa, que depende de nuestros éxitos y fracasos anteriores (los éxitos hacen subir las expectativas y los fracasos las hacen bajar, aunque también depende de cómo los procesemos, ya que los fracasos nos permiten aprender y también pueden servirnos para subirlas). Después encontramos la experiencia vicaria, que es la de nuestros conocidos (“si fulanito ha podido hacerlo, yo también”). También cuenta la persuasión verbal, que sería la opinión de los demás sobre nuestra capacidad y los ánimos que nos dan. Finalmente, el factor que menos influye es nuestro estado fisiológico general, puesto que si nos encontramos cansados o nerviosos seremos más reticentes a iniciar la tarea.

Esta teoría es importante a la hora de entender cómo andamos de motivación a la hora de emprender un proyecto. Si nuestras expectativas de autoeficacia y de resultado son altas, estaremos contentos y motivados. Si ambas están bajas, estaremos apáticos y desmotivados, y es probable que recurramos a la procrastinación. Si nuestras expectativas de eficacia son altas pero las de resultado son bajas, nos enfadaremos y estaremos frustrados. Y si son las expectativas de resultado las que son altas, pero las de autoeficacia son bajas, estaremos tristes y con la autoestima por los suelos.

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Una revisión de nuestra experiencia previa, analizar errores cometidos con anterioridad, buscar a alguien que nos ayude a empezar o que nos acompañe en la tarea… puede mejorar nuestras expectativas tanto de autoeficacia como de resultado, y motivarnos para conseguir nuestros objetivos.