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Flow (fluir)

Imagen: pixabay.com

Flow (fluir) es un término acuñado por el psicólogo húngaro Mihaly Csikszentmihalyi, que hace referencia a un estado mental en el que puede conseguirse la máxima felicidad, gracias a estar absortos en la actividad que se realiza.

Este estado se caracteriza por una motivación intrínseca óptima, dado que la actividad que se desarrolla nos apasiona, conseguimos absoluta concentración, tenemos el control del momento presente, estamos dotados de las habilidades necesarias, tenemos clara la meta que perseguimos, somos conscientes de que estamos avanzando y de que lo hacemos en la dirección correcta… En resumen, no se nos presenta ningún obstáculo durante la realización de la actividad que nos entorpezca conseguir nuestro objetivo. De esta forma, perdemos la noción del tiempo y nos olvidamos de nosotros mismos (si tenemos sed, hambre, cansancio, dolor…).

Es importante que el objetivo esté alineado con nuestras expectativas de autoeficacia: una actividad demasiado sencilla no nos estimulará lo suficiente como para absorbernos en su realización (produciéndonos aburrimiento), mientras que un objetivo que esté más allá de nuestras habilidades y conocimientos no nos permitirá trabajar a pleno rendimiento, debiendo buscar información o ayuda en diversos momentos o haciéndonos poner en duda nuestra capacidad (provocándonos ansiedad).

Conseguir el estado de flow cuando realizamos una actividad nos permite alcanzar el máximo rendimiento disfrutando lo que hacemos y desconectándonos del mundo, pero corremos el riesgo de olvidarnos de nuestras necesidades básicas y ver nuestra salud afectada. Por ello, es fundamental tener presente que la hidratación, la nutrición, la actividad física… son muy necesarias y debemos prestarles atención de forma regular, reservando tiempo para el autocuidado.

Si necesitas ayuda para planificarte y organizarte, si te cuesta establecer objetivos, resolver problemas y tareas pendientes… podemos ayudarte a ser más productivo sin que tu salud se resienta. Llámanos a los teléfonos 622 26 60 40 / 629 97 33 24 o escríbenos un correo a rbpsicolegs@gmail.com.

¿Felices a toda costa?

En estos últimos años, no hay día que no entres en Facebook o Twitter o cualquier red social donde no te aparezca alguna imagen idílica y un mensaje sobre la felicidad, casi obligándote a ser feliz a pesar de los pesares. Y no faltan fotos de amigos de vacaciones en parajes exóticos, o en fiestas fabulosas, recibiendo un montón de regalos de cumpleaños o Navidad o enormes ramos de flores. Y no es raro que entres en una tienda de regalos y encuentres tazas, portalápices, delantales, cuadros y un largo etcétera de merchandising “pro-felicidad”. Y si tú esa mañana te has levantado de buen humor, puede que sonrías y pienses “¡Qué gran verdad!”. Pero, ¿qué pasa si tu jefe te ha obligado a cogerte las vacaciones en julio, a pesar de que tu pareja sólo puede cogerlas en agosto? ¿O si te han dado un golpe al coche y se han dado a la fuga? ¿O si te ha llegado la factura de la luz y tienes la cuenta en números rojos? ¿Tenemos que sentirnos felices y sonreirle a la vida a pesar de que ésta parezca empeñada en darnos la espalda?

En consulta he escuchado frases como “es que no sé poner las cosas que me pasan en positivo”, o “es que quiero cambiar el chip para ser optimista pero no lo consigo”. Muchas personas tienen la idea de que para superar un período de tristeza tienen que pasar a verlo todo de forma positiva, sentirse felices en todo momento, y es una de las primeras distorsiones a las que nos enfrentamos. No entraremos en definir qué es la felicidad, si es un estado o una actitud. Podríamos hablaros de la teoría del Flow de Mihaly Csikszentmihalyi, de Seligman, de Maslow… El objetivo de este artículo es otro.

Queremos hablar ante todo de la negación del dolor y de la tristeza que parece perseguir toda esta parafernalia. La vida es azar. Desde el momento en que nacemos hasta que morimos estamos expuestos a que nos suceda cualquier cosa, buena, mala o regular. Por muchos esfuerzos que hagamos en que todo nos salga bien, siempre habrá cosas que se nos tuerzan, y con algunas no tendremos ninguna capacidad para evitarlo o arreglarlo. Ver la vida bajo esta perspectiva puede darnos miedo, y a veces nos agarramos a supersticiones, mitos o creencias varias para sentir un mayor control sobre los sucesos.

Esta manera de pensar nos puede crear problemas a la larga, porque evitamos enfrentarnos al miedo y aceptar que estamos indefensos ante ciertos hechos. Esto nos debilita cuando efectivamente pasa algo malo. Nos cuesta creer que nos haya pasado eso que nos ha pasado (“¿cómo he tenido un día tan malo, si esta mañana he pensado que iba a tener un gran día?”), podemos culparnos (“ya sabía que me iban a despedir, me lo merezco”) o llevarnos al pensamiento mágico (“esto me pasa por decir que todo me iba bien, lo he gafado”). Llevado al extremo, las personas que padecen algún trastorno como distimia o depresión, pueden pensar que están así porque quieren, que sólo es cuestión de proponerse ser feliz. Con ponerse una frasecita buenrollista de estado y una imagen con corazones como foto de perfil ya me “cambia el chip”.

Cuando me pasa algo malo, tengo derecho a sentirme mal. No pasa nada por estar triste si tengo un motivo para ello. Cuando un hecho me pone triste, y me quedo un fin de semana en casa, me da la ocasión de analizarlo, ver qué pasó y por qué, qué se puede hacer diferente para que no vuelva a ocurrir… La tristeza tiene una utilidad, aunque sea una emoción negativa. Si sólo miro de apartarlo y continuar adelante, no habré aprendido nada de ese hecho, y puede que más tarde repita el error, o lo lleve en la mochila durante muchos años, impidiéndome avanzar. Además, me permite valorar mejor los momentos buenos, dándome la opción de disfrutarlos mucho más mientras duren. Aprendo a tolerar la frustración, a ajustar mis expectativas, a planificar y organizar mejor…

Por supuesto que ser consciente de la realidad y aceptar las cosas que nos pasan no está reñido con ser optimista o salir de casa con una sonrisa. Simplemente se trata de no negar nuestras emociones, aprender a gestionarlas sin apartarlas. Y no perder de vista que por mucho que me haya pasado algo malo un día, a lo largo del día me han podido pasar otras cosas buenas (“se me estropeó el coche pero mi compañera se ofreció a venir a recogerme y a traerme, y hemos tenido ocasión de charlar un rato de temas más personales y conocernos mejor”) que puestas en una balanza hacen que el día no haya sido 100% malo. Y que podemos aprender mucho de lo que no sale bien (“gracias a suspender el examen me he dado cuenta de que no entendía el tema tan bien como yo pensaba”). Y que ser optimista me da más ganas de intentar cosas, pero sin exigirme en exceso ni generarme expectativas poco realistas. Y que ir por la vida con una sonrisa me hace más simpático a los demás y suelen tratarme mejor.

Lo demás, lo dejaremos para las tazas, que hay algunas preciosas.

Y si tienes dificultades para gestionar tus emociones, atraviesas un período de tristeza que se alarga en exceso, te cuesta conseguir las metas que te propones… podemos ayudarte. Llámanos a los teléfonos 622 26 60 40 / 629 97 33 24 o escríbenos a rbpsicolegs@gmail.com, y te informaremos sobre nuestros servicios.

¿Por qué es tan caro ir al psicólogo?

Imagen: bubblews.com

Imagen: bubblews.com

Una queja que los profesionales escuchamos a menudo en nuestra vida privada es “¡Es que ir al psicólogo es muy caro!”, a veces acompañada de “Si total sólo es ir a hablar un rato!”. Entendemos que ir al psicólogo es un desembolso importante, pero la consideración de caro o barato responde a dos ejes fundamentales: uno es si se paga demasiado para lo que es y el otro es si se paga demasiado para lo que se obtiene.

En el primer caso, el precio medio oscila entre los 40-80€ por una sesión de una hora. No hay un precio fijado, aunque sí unas recomendaciones de los Colegios Profesionales. Así, cada profesional decide cuánto cobrar en función de muchos factores. Hay que considerar los gastos que tiene un psicólogo por ejercer su profesión: cuota de autónomo, cuota del Colegio de Psicólogos, costes del despacho o gabinete, sueldo del personal que trabaja para él, retenciones e impuestos… Estos gastos son más o menos comunes a todos los profesionales de la salud (pediatras, ginecólogos, traumatólogos…).

A esto, hay que sumar los gastos en libros, seminarios, cursos… que realiza el psicólogo, y que garantizan una formación completa y actualizada en su área. En el caso de los profesionales de RB Psicòlegs, la media es de una o dos asistencias mensuales a algún tipo de formación, además del tiempo que dedicamos a leer revistas y libros especializados. También hay que añadir el coste de las pruebas psicológicas, que es muy elevado.

En cuanto al tiempo de dedicación, éste no se limita a la hora que se está con el cliente, sino que hay que sumarle el tiempo de preparación previo y la gestión de la información posterior, el tiempo de corrección de las pruebas, la elaboración de informes, los desplazamientos en las visitas a domicilio… Esto hace que el número de horas disponibles para estar con clientes no sea de 8 horas diarias, sino muchas menos. Otros profesionales sanitarios pueden ver tres o cuatro pacientes por hora, mientras que los psicólogos podemos ver ese número en toda una jornada. Nuestro trabajo implica recordar no sólo lo que hemos hecho hasta ahora, sino todo lo que se nos ha explicado, las aficiones, lo que le desagrada, el nombre de la pareja, los hijos y hasta la mascota, para poder conocer bien al cliente y diseñar un tratamiento adaptado a sus características, sus puntos fuertes y débiles, sus recursos… Un psicólogo muy sobrecargado de trabajo jamás podrá recordar con ese nivel de detalle y hacer un tratamiento tan específico.

En cuanto a lo que se obtiene, eso es algo que no se puede cuantificar. Acudir a un psicólogo y realizar un tratamiento de algunas semanas o meses es un gasto considerable, pero es esperable que no haga falta acudir de nuevo a consulta y que las herramientas que nos ha proporcionado el profesional nos permitan afrontar los problemas y los retos de ahí en adelante, con energía, con positividad, con recursos suficientes para superar las adversidades… El bienestar psicológico, el equilibrio personal, la armonía en la familia… en definitiva, el disfrutar de la vida y ser felices tiene un valor incalculable.

Mamás (y papás) felices

Imagen: wallcoo.com

Imagen: wallcoo.com

Seguro que has oído muchas veces eso de que “los hijos son lo mejor de la vida“, pero ahí estás tú, con falta de sueño, con la camiseta manchada de leche, con la coleta torcida, sin poder recordar cuándo fue la última vez que mantuviste una conversación que no tratara de cólicos, pañales, chupetes, vacunas…

Hay una presión constante por ser madres perfectas: nos sentimos culpables si al niño se le irrita el culete, si estamos tan cansadas que no nos apetece bajar al parque o si le damos un potito en vez de hacerle una papilla casera. ¡Ni se nos pasa por la cabeza dejar al bebé con alguien para tomarnos una tarde libre!

Sin embargo, uno de los momentos más cruciales para una pareja son los meses posteriores al nacimiento de un bebé. Son muchos los que no superan esta etapa y se separan, pese a haber vivido una relación feliz durante muchos años. Hay muchos factores que confluyen para llegar a este punto: el cansancio, la pérdida de intimidad, el no adaptarse bien a los nuevos roles…

Nos queremos centrar sobretodo en la integración de los diferentes roles, ya que no debemos tratarlo como una transición, sino como una ampliación. No dejamos de ser personas ni pareja para convertirnos en padres. Una experiencia plenamente satisfactoria pasa por encontrar un espacio para cada uno de estos roles. Al principio, y sobretodo con bebés muy demandantes, es muy difícil sacar tiempo para ser algo más que padres. Pero debemos ser conscientes de que sólo es una etapa que pasa, bastante rápido además, y que poco a poco iremos recuperando espacios y tiempos para todo lo demás.

Por un lado, los niños siempre son prioritarios, pero deben serlo para los dos, así que especialmente las madres tienen que permitir a los padres establecer el vínculo con el bebé, y los padres no deben sentirse desplazados, sino ser proactivos y encontrar su espacio en la familia. Eso reforzará la unión entre todos, y nos ayudará en la adaptación.

Por otro lado, también debemos tener en cuenta nuestras necesidades: descanso, buena alimentación, cariño, comprensión… Debemos cuidarnos y cuidar a nuestra pareja, encontrar momentos para compartir lo bueno y lo malo,  para tener intimidad… No hace falta que sea todos los días, pero si al final de la semana echamos la vista atrás y comprobamos que no hemos dedicado un solo momento a nuestra pareja ni a nosotros mismos, deberíamos tomar medidas. Algo tan sencillo como darse un baño, sentarse en el balcón a leer o salir a tomar algo con los amigos no puede faltar en nuestra rutina semanal.

Todos queremos lo mejor para nuestros hijos. Si aún no te has convencido de lo importante que es seguir siendo persona y pareja además de mamá o papá, piensa que lo mejor para nuestros hijos es tener unos padres felices.