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Todas las bofetadas son a destiempo

Imagen: clearsay.net (Peter Dazeley)

Imagen: clearsay.net (Peter Dazeley)

Seguro que has oído infinidad de veces lo de “una bofetada a tiempo”. A veces se montan debates acalorados sobre el tema, incluso entre personas que no tienen hijos, cuando hablan de cómo los niños de hoy están muy consentidos o que en su momento a ellos les dieron “un par de tortas bien dadas” y que no tienen ningún trauma.

No hay ninguna justificación para pegar a un niño, que quede bien claro. Que un azote no le va a causar un trauma es cierto, pero también es una gran verdad que no va a enseñarle nada positivo tampoco. El azote o el cachete son consecuencias de la pérdida del autocontrol por parte del adulto. Claro que el niño para de hacer lo que estaba haciendo: una mole que casi triplica su estatura y cuadriplica su peso (o más) le ha dado un golpe y posiblemente también le ha gritado. Eso asusta a cualquiera. Pero nosotros ¿qué queremos? ¿Domesticar o educar?

Los niños menores de 3 años carecen de la capacidad para controlar sus impulsos. Simplemente siguen cualquier idea que les pase por la cabeza, sea meterse un objeto pequeño en la boca, beber de cualquier botella que encuentren o subirse a cualquier lugar por el que puedan trepar. Ellos exploran, no lo hacen ni por fastidiar ni desafiando al adulto, sino porque su curiosidad innata y su incapacidad para medir las consecuencias les lleva a ello. La solución a esta manera de actuar es previniendo la exposición del niño al peligro (no dejar nada peligroso a su alcance, poner cierres de seguridad en cajones y puertas, sujetar las estanterías a las paredes…).

A partir de los 3 años empiezan a ganar control, pero no es algo que suceda de la noche a la mañana: serán capaces de controlarse una vez, pero se lanzarán otras muchas veces. Con los años sí irán consiguiendo mejor control, pero es un proceso largo que algunos ni siquiera dominan en la edad adulta, como demuestra la pérdida de control a la que llegamos al gritar o pegar.

A medida que los niños se van haciendo mayores y se puede hablar con ellos (aunque sea a gritos) suele reducirse la frecuencia de los cachetes, y es justo a los más pequeños e indefensos a los que más se les aplica el castigo físico. Basta sentarse un rato en un parque para darse cuenta que es algo muy extendido, que se hace sin pensárselo dos veces pese a estar prohibido por ley desde hace algunos años.

Otro motivo por el que el cachete no enseña es porque confunde a los niños y pone en duda nuestra coherencia. No es raro ver a padres decir “no se pega” mientras dan un azote o golpean las manos de los niños. ¿En qué quedamos? ¿No está bien que ellos peguen, pero nosotros sí podemos pegarles? Si no se pega, no se pega, ni ellos ni nosotros. Si nunca te han pegado, la frontera que te separa de llegar al castigo físico es muy definida.

También queremos hacer hincapié en que los niños aprenden mucho por imitación. Un niño al que se le pega es más probable que sea un niño que pega. Un adulto al que se le pegó de pequeño es más probable que sea un adulto que pega a sus hijos (o a su pareja). Estamos en una sociedad muy agresiva, donde podemos observar violencia por todas partes y a todas horas, prisas, estrés, discusiones… La exposición a cualquier forma de agresividad suele comportar habituación: no nos parece tan chocante cuando nos acostumbramos a verlo. Un entorno con un bajo nivel de agresividad nos ayudará a criar hijos más estables, con más control de las reacciones, más seguros de ellos mismos…

Si tienes dificultades de autocontrol, no sabes cómo gestionar la ira o necesitas estrategias para la educación de tus hijos, podemos ayudarte. Llámanos a los teléfonos 622 26 60 40 / 629 97 33 24 o escríbenos a rbpsicolegs@gmail.com, e infórmate.

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¿Cómo son los niños (y adultos) con TDAH?

Echad un vistazo al corto “Hyperactive”, donde podréis ver las evoluciones de una simpática mariquita hiperactiva:

Cuando pensamos en niños hiperactivos, pensamos en niños que no pueden parar de moverse, claro, pero no solemos ser conscientes de lo que implica la parte de la impulsividad. En el video está muy bien representado, en el momento en el que la mariquita va a la colmena y despierta a todas las abejas. Los niños con TDAH actúan sin pensar en las consecuencias. Eso puede ser un obstáculo a la hora de relacionarse con los demás y también puede acarrearles riesgos (accidentes, bullying…). La comprensión (y la paciencia) serán nuestros mejores aliados para convivir con ellos.

Introducción al TDAH

Paula (10 años)

Resumir en un post todo lo que tiene que ver con el TDAH es imposible, así que haremos una breve introducción, intentando no ser demasiado técnicos.

Las siglas TDAH equivalen a Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad. Seguramente, es la problemática más frecuente (y, por ello, la más estudiada) en el área de la Psicopatologia Infantil. El manual diagnóstico elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría (conocido como DSM-IV-TR y editado en el año 2000) establece una prevalencia de entre el 3 y el 7%, aunque el porcentaje de población afectada varía dependiendo de la fuente consultada. Se diagnostica más en niños que en niñas (en una proporción de 4 niños por cada niña), pero es probable que queden más niñas sin diagnosticar que niños, porque suelen causar menos problemas.

Es un trastorno crónico, de carácter neurobiológico (es decir, relacionado con biología del cerebro, en concreto con una producción insuficiente de dos neurotransmisores- dopamina y noradrenalina-, sustancias químicas que intervienen en la comunicación entre neuronas), y con un componente hereditario muy importante (si el padre o la madre lo padecen, los hijos tienen un 75% de probabilidades de padecerlo).

Los síntomas pueden dividirse en tres grandes grupos: desatención, impulsividad e hiperactividad.

  • Desatención– Las personas que padecen desatención a menudo cometen errores porque no atienden a los detalles, no acaban las tareas, les resulta difícil organizarse y planificarse, evitan las tareas que requieren atención continuada, les cuesta seguir las instrucciones, pierden objetos, se distraen con facilidad por estímulos externos… Por eso sus familiares, amigos y profesores los pueden considerar perezosos o irresponsables.

Desatención

  • Impulsividad– Con frecuencia realizan acciones de forma precipitada, son impacientes, interrumpen las conversaciones y hacen comentarios inapropiados, no saben esperar el turno en las colas, no reflexionan sobre las consecuencias de sus actos, no leen las instrucciones al completo, de forma que no saben qué tienen que hacer o lo hacen de forma incorrecta, no saben planificar ni tienen estrategias para realizar las tareas, les cuesta analizar las situaciones en su conjunto, reaccionan de forma exagerada, tienen dificultades para aplazar la gratificación inmediata y les cuesta tolerar la frustración. Esto les comporta un riesgo elevado de sufrir accidentes y también altas probabilidades de sufrir rechazo social.
  • Hiperactividad– Exceso de movimiento o actividad sin finalidad concreta, sea motora o vocal. Se manifiesta con el movimiento constante de manos y pies, el cambio de postura o balanceo en la silla, levantándose repetidamente por pura necesidad de estar en movimiento, deambular sin motivo aparente o correr y saltar en situaciones poco apropiadas, les cuesta dedicarse a actividades tranquilas o entretenerse con juegos que no requieran movimiento, hablan en exceso, tararean o hacen ruiditos con la boca… Este grupo de síntomas es el más evidente y el que causa más problemas, de forma que suele ser por lo que padres y profesores dan la voz de alarma y consultan al médico.

Para hacer el diagnóstico, algunos de estos síntomas se tienen que mostrar al menos en dos ambientes distintos, por ejemplo en casa y en el colegio, tienen que aparecer antes de los siete años, tener una duración de más de seis meses, y deteriorar de forma significativa el funcionamiento a nivel social o académico.

El diagnóstico es puramente clínico, es decir, no hay ninguna prueba médica o psicológica que muestre que se padece el trastorno de forma inequívoca, sino que se basará en los criterios del DSM-IV-TR u otra clasificación como el CIE-10 (Clasificación Internacional de Enfermedades), que se pueden alcanzar a través de una entrevista clínica, la observación directa, los informes de profesores y los resultados obtenidos en tests generales de capacidad intelectual, de los síntomas específicos del TDAH y otras pruebas complementarias.

Si se sospecha de que algún miembro de la familia puede padecer TDAH, es conveniente acudir al médico, quien nos derivará hacia el especialista adecuado (psiquiatra, neurólogo, psicólogo clínico…).