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La psicología inversa

Imagen: nopuedocreer.com

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La psicología inversa es fácil de aplicar: consiste en decir lo contrario de lo que pensamos o queremos conseguir. Es una técnica utilizada sobretodo con los niños, ya que es habitual que muestren resistencia a lo que se les ordena (reactancia). De hecho, es algo que la mayoría hemos oído a nuestros padres e incluso nuestras pareja (o que hemos dicho), sin ser demasiado conscientes de que se tratara de psicología inversa, el consabido “Haz lo que te dé la gana, que a mí me da igual”.

Los expertos desaconsejan esta técnica con los niños, ya que mina la autoridad de los padres provocando que los hijos hagan justo lo contrario de lo que se les pide. Una buena alternativa es la “técnica de la imitación“, ofreciendo un modelado en lugar de buscar activamente la oposición del niño.

No obstante, en psicoterapia existe una técnica conocida como intervención paradójica, que está fuertemente relacionada con la psicología inversa. En los clientes que ofrecen mucha resistencia al cambio, el hecho de quitarles la presión les puede beneficiar. También puede permitirles ver las cosas desde un nuevo punto de vista. Decirles “esto es más fuerte que tú, no todo el mundo puede con ello” puede hacerles emplear otras emociones, como el orgullo, que les dé fuerzas.

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Cómo crear un hábito de trabajo en casa

Cualquier momento es bueno para empezar a crear una rutina de trabajo en casa. Sin importar la cantidad de deberes que tenga el niño o la niña, o lo que le cueste aprender, si tiene TDAH, dislexia, altas capacidades… es necesario que se acostumbre a dedicar un tiempo diario a los contenidos académicos, ya que luego será más fácil que se adapte a las exigencias de los sucesivos niveles y que consolide bien los contenidos.

Lo primero que necesitamos es un espacio de trabajo. Ha de ser un lugar tranquilo y lejos de las distracciones, así que evitaremos en lo posible que sea una zona de paso o donde otros realicen actividades como ver la televisión. También es recomendable que tenga una mesa espaciosa, sin juguetes y bien iluminada.

Debemos guiarle y explicar lo que debe hacer, pero intentando que las actividades las realice de forma autónoma. Debemos dejarle tiempo para pensar, alentarle y decirle que no pasa nada si se equivoca, que está aprendiendo. Y reforzarle positivamente en todo lo que haga bien, aunque sea simplemente que haya estado sentado durante un rato o que haya hecho el esfuerzo de intentarlo.

Es mejor hacer poco y bien que mucho y mal. Si el niño es pequeño o tiene mucha tarea, es mejor que haga una o dos actividades, se levante a tomar un vaso de agua y luego continúe con otras dos, que intentar mantenerle pegado a la silla durante largo rato. Incluso los adultos no tenemos capacidad de concentración más allá de los 40 ó 45 minutos, así que es bueno hacer breves descansos de forma periódica.

Nuestra actitud debe ser positiva, pero no debemos ignorar los sentimientos del niño. Si le cuesta, si está cansado… no es recomendable decirle “¡qué tontería, si se hace en un momento!”. Debemos reconocer esos sentimientos, pero explicándole que si lo hace va a aprender mejor, que luego podrá relajarse y hacer otras cosas, que nosotros le vamos a ayudar…

En resumen, se trata de que se perciba como una actividad agradable, relajada y que le va a hacer sentirse bien, de forma que no rehuya el momento. Con el tiempo se convertirá en una parte natural de su rutina diaria.

La teoría de la autoeficacia

Imagen: elclubdelautodidacta.com

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Albert Bandura es un psicólogo ucraniano-canadiense nacido en 1925. En 1986, elabora la Teoría Social Cognitiva, referente a la regulación de la motivación y la acción humanas, que implicaría tres tipos de expectativas: las expectativas de situación-resultado, las expectativas de acción-resultado y la autoeficacia percibida. Nosotros vamos a quedarnos con la parte de la teoría de la autoeficacia.

Bandura define las expectativas como “la evaluación subjetiva de la probabilidad de alcanzar una meta concreta”, es decir, el análisis que hacemos de un objetivo para saber si seremos capaces de conseguirlo. Distingue entre dos tipos de expectativas: las expectativas de resultado y las expectativas de eficacia.

Las expectativas de resultado consisten en nuestra valoración de si una conducta concreta producirá el resultado deseado. Por ejemplo, podemos plantearnos hacer media hora de ejercicio diario para bajar de peso.

En cambio, las expectativas de eficacia dependen de nuestra creencia de que poseemos la capacidad necesaria para obtener nuestro objetivo. Siguiendo el ejemplo anterior, si seremos capaces de dedicar esa media hora diaria a hacer ejercicio y así bajar de peso.

¿Qué factores influyen a la hora de crear nuestras expectativas de autoeficacia? El principal es nuestra experiencia previa, que depende de nuestros éxitos y fracasos anteriores (los éxitos hacen subir las expectativas y los fracasos las hacen bajar, aunque también depende de cómo los procesemos, ya que los fracasos nos permiten aprender y también pueden servirnos para subirlas). Después encontramos la experiencia vicaria, que es la de nuestros conocidos (“si fulanito ha podido hacerlo, yo también”). También cuenta la persuasión verbal, que sería la opinión de los demás sobre nuestra capacidad y los ánimos que nos dan. Finalmente, el factor que menos influye es nuestro estado fisiológico general, puesto que si nos encontramos cansados o nerviosos seremos más reticentes a iniciar la tarea.

Esta teoría es importante a la hora de entender cómo andamos de motivación a la hora de emprender un proyecto. Si nuestras expectativas de autoeficacia y de resultado son altas, estaremos contentos y motivados. Si ambas están bajas, estaremos apáticos y desmotivados, y es probable que recurramos a la procrastinación. Si nuestras expectativas de eficacia son altas pero las de resultado son bajas, nos enfadaremos y estaremos frustrados. Y si son las expectativas de resultado las que son altas, pero las de autoeficacia son bajas, estaremos tristes y con la autoestima por los suelos.

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Una revisión de nuestra experiencia previa, analizar errores cometidos con anterioridad, buscar a alguien que nos ayude a empezar o que nos acompañe en la tarea… puede mejorar nuestras expectativas tanto de autoeficacia como de resultado, y motivarnos para conseguir nuestros objetivos.

Dar estabilidad y autonomía a los hijos

“Los buenos padres dan a sus hijos raíces y alas“, Jonas Salk.

Al oír esta frase por primera vez, puedes preguntarte para qué sirve dar raíces y alas, porque parece una contradicción: unas nos atan al suelo y las otras nos permiten dejarlo atrás. Pero el título del artículo da una buena pista: las raíces sirven tanto para recibir los nutrientes como para dar estabilidad a las plantas y los árboles, y las alas representarían la autonomía.

Para que un árbol pueda hacerse grande, necesita que las raíces también se vayan desarrollando, para que le proporcionen suficiente nutrición y estabilidad. Como padres, tenemos la obligación de dar una buena base a nuestros hijos. Ésta se compone de dos aspectos fundamentales: las necesidades físicas y las emocionales. Debemos darles una alimentación saludable, ropa limpia y adaptada al clima, un lugar de descanso agradable, posibilidad de practicar actividades físicas, acceso a la educación, tiempo para jugar, cariño, ánimos, orientación, normas y límites, tiempo en exclusiva…

Y volar… No podemos tener a nuestros hijos anclados a nosotros toda su vida. Hemos de aceptar que llegará un momento en que serán adultos y deben ser capaces de afrontar todas sus responsabilidades, y la mejor manera de hacer esa transición es gradualmente, desde niños. Lo ideal es que aprendan tanto autonomía personal como colaboración en casa. Desde muy pequeños (hablamos incluso de empezar a los 18 meses, e ir incorporando tareas progresivamente) podemos retirarles el chupete, los biberones y el pañal, dejarles comer solos, llevar y recoger su cubierto, echar su ropa a lavar, vestirse, peinarse, bañarse (con nosotros acompañándoles, claro), recoger los juguetes, emparejar calcetines, limpiar el polvo… Con 4 o 5 años pueden empezar a hacerse la cama, guardar su ropa en el armario, aclarar platos, hacer de pinche en la cocina… Se trata de permitirles aprender todas las habilidades necesarias para no depender de nadie cuando sean adultos, y cuanto antes empecemos, más dispuestos estarán a colaborar.

En cambio, si infantilizamos a los niños, llegarán a la adolescencia sin responsabilidades ni hábitos ni recursos. La adolescencia es una etapa complicada, con los niveles hormonales muy altos para que se produzca el cambio de niño a adulto, y la dificultad también de aceptar el nuevo físico, los cambios en el entorno (la secundaria, la exigencia…). La infancia debe conducir a la adolescencia de la misma forma que la adolescencia debe conducir a la edad adulta, progresivamente. Evitaremos muchos conflictos y, sobretodo, daremos a nuestros hijos una preparación para los retos de la edad adulta.

(Imagen: Vector Open Stock)

La técnica del disco rallado

Foto: radio-gt.com

Una de las quejas más habituales de los padres es que se pasan el día gritando a sus hijos para que les hagan caso. Eso crea un ambiente muy tenso, además de agotarnos física y psicológicamente. Y, peor aún, los niños se acostumbran a los gritos y aprenden a utilizar el mismo tono, de forma que el nivel de decibelios en casa sube y sube.

Hay que evitar la escalada. No debemos enzarzarnos en la discusión con los niños y estar continuamente dando argumentos, que al final nos hacen llegar al límite y comenzar a gritar. Para no caer en este hábito, especialmente con los niños que tienen respuesta para todo, podemos utilizar la técnica del disco rallado.

Es una técnica tremendamente simple pero efectiva. Cuando queramos que nuestros hijos hagan algo que sabemos que van a intentar prorrogar o evitar con mil y una excusas, les damos una orden breve y directa (“saca la agenda”, “recoge los juguetes”, “vete a la ducha”). Ante cada nueva argumentación, repetiremos la orden, sin alterarnos lo más mínimo ni levantar el tono de voz. Como mucho, podemos cambiar la entonación, pero es importante que las palabras sean las mismas.

Como con todos los cambios, encontraremos resistencia inicial y puede que tengamos que repetirlo diez o quince veces, pero no hay que confundirlo con las ocasiones en que no escuchan, parecen sordos y les repetimos la instrucción una y otra vez sin éxito. Esta técnica hay que utilizarla sólo para evitar una discusión, no cuando el niño no nos está haciendo caso. Es efectiva porque la utilizaremos en las situaciones en las que nos enzarzamos con ellos en discusiones interminables, ellos saben que así van aplazando y a veces hasta se libran de la tarea. Para los padres, tiene la ventaja de que tenemos clarísimo lo que vamos a decir, así que podemos estar relajados sin tener que pensar cómo rebatir los argumentos de nuestros hijos.

Intentad no quemar la técnica enseguida. Usadla sólo cuando veáis que empieza una discusión, que os estáis alterando en exceso o que vuestros hijos os dan una excusa detrás de otra. Pronto veréis que a la segunda o tercera repetición, el niño ya dice “vaaaale”, y se pone con la tarea. ¡Y no os olvidéis de reforzarles la conducta positiva como si no hubiera pasado nada!