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¿Para qué sirven las emociones?

A pesar de lo mucho que hablamos sobre emociones a lo largo del día, de lo mucho que se utilizan conceptos como “inteligencia emocional”, cuando le preguntamos a alguien “¿para qué sirven las emociones?”, a menudo obtenemos silencio o un “no sé” como respuesta. Y no sólo sirven “para algo”, sino que tienen varias funciones distintas, y muy útiles además.

En primer lugar, nos sirven para activar diferentes sistemas de nuestro cuerpo (cerebrales- como el sensorial, el atencional o el motor-, el sistema respiratorio, el cardiovascular, el endocrino, el metabólico) como si se tratara de un interruptor: cuando sentimos miedo, por ejemplo, no pensamos “necesito preparar mi cuerpo para huir o protegerme así que mi corazón tiene que bombear más deprisa, mis músculos se tienen que poner en tensión…”. Simplemente reaccionamos a la emoción y nos preparamos.

Las emociones también nos ayudan a la hora de almacenar y recuperar aprendizajes y recuerdos, pues pueden hacer que memoricemos de forma más  o menos efectiva. Cuando estudiamos para un examen, si estamos nerviosos nos costará memorizar, mientras que si estamos contentos y relajados aprenderemos con mayor facilidad.

También son motivadoras y adaptativas, es decir, nos llevan a hacer lo necesario para cubrir nuestras necesidades de forma flexible. Por ejemplo, ante un peligro una persona podría huir si no se siente suficientemente capaz o si no tiene necesidad de enfrentarse, pero otra podría intentarlo. Nuestra capacidad de razonamiento se ve afectada, y cuando tomamos decisiones lo hacemos influidos por las emociones que van ligadas a cada opción.

Otra función importante es permitir entendernos y empatizar con otros: yo puedo no haber pasado por las mismas experiencias que otra persona o no sentir las mismas emociones, pero sí que entiendo si esa persona en esa situación me dice que ha pasado vergüenza o celos o desconfianza, porque son emociones que yo sí he sentido. Esta conexión emocional también nos permite asegurar la supervivencia biológica y social, puesto que me rodeo y procuro garantizar el bienestar de las personas que me rodean, especialmente de las que dependen de mí.

Así pues, aunque a veces asociemos las emociones con las consecuencias negativas de algunas de ellas (tristeza, rabia, frustración), son necesarias y beneficiosas para lo que hacemos y experimentamos en nuestro días a día.

Si necesitas ayuda con alguna dificultad a nivel emocional, puedes contactarnos en los teléfonos 622 26 60 40 / 629 97 33 24, o escribirnos a rbpsicolegs@gmail.com.

No les levantes del suelo

Podríamos haber llamado a este post “fomenta la autonomía de tus hijos”, “cómo criar hijos resilientes“… pero nos hemos decidido por este título porque creemos que recoge la idea desde muy pronto, apenas cuando comienzan a dar sus primeros pasos.

¿Por qué decimos “no les levantes del suelo”? Lo hemos visto o lo hemos hecho mil veces: un bebé comienza a andar, un niño da sus primeras carreras y, cuando se caen, la madre, el padre o los abuelos corren a ayudarles a levantarse, le sacuden las rodillas, le cogen en brazos, limpian sus lágrimas… Adoramos a nuestros hijos y queremos ayudarles en todo, creemos que ser buenos padres consiste en estar disponibles para ellos incondicionalmente, para que todo les vaya bien y tengan la infancia más feliz. ¿Realmente es esto lo mejor para ellos?

Si pensamos en la generación de nuestros abuelos o nuestros padres, por lo general las historias de sus infancias implicaban cuidar de hermanos pequeños, ayudar con las tareas de casa, llevar animales a pastar… Estas generaciones han hecho lo imposible por salir adelante y dar una vida mejor a sus hijos, con todo lo que a ellos les faltó. Pese a ser algo encomiable, la idea de “darles lo que ellos no tuvieron” encierra el peligro de acabar siendo excesivamente sobreprotectores.

¿Qué necesitan nuestros hijos? Amor lo primero y principal: besos, abrazos, caricias, cosquillas y carantoñas. Todo aquello que garantice su salud y seguridad le sigue a muy poca distancia: una alimentación saludable, revisiones médicas, vacunas, una buena rutina de sueño… También la educación, tanto la formal (lectura, escritura, matemáticas, conocimiento del medio) como la informal (decir por favor y gracias, hablar sin gritar, conocer sus emociones…).

A partir de aquí, las prioridades las decide cada cual, pero desde RB Psicòlegs apostamos por la autonomía. ¿Por qué? Porque un niño autónomo es un niño con la autoestima alta, con mayor capacidad para resolver problemas, para tomar decisiones, más seguro de sí mismo…

¿Y cómo podemos hacerlo? Que no les “levantemos del suelo” no quiere decir que no les prestemos atención, simplemente que nos contengamos a la hora de ayudarles. Demos un paso atrás y dejémosles espacio para pensar, buscar soluciones y actuar por sí mismos. Todo esto adaptado a su edad, por supuesto.

En el caso de los niños muy pequeños, a menudo reaccionan más a nosotros que a lo que les ha pasado: si gritamos o la expresión de nuestra cara es de susto o preocupación, contribuimos a que se ponga nervioso y reaccione peor. Intentemos transmitirle calma, preguntando “¿Estás bien?” en lugar de opciones más negativas como “¡Ay, pobrecito mi niño!”.

Con niños más mayores, intentemos evitar decirles lo que tienen que hacer o darles consejos. En lugar de “Pues tú lo que tienes que hacer es…” o el consabido “Te lo dije”, optemos por empatizar y preguntarles qué se les ocurre que pueden hacer (“¡Vaya, qué mala pata! ¿Y qué has pensado hacer?”). Esto incrementa su capacidad para tomar decisiones y resolver problemas.

Os recomendamos ir poco a poco introduciendo cambios, para que aprender sea más fácil para todos. En RB Psicòlegs podemos ayudaros con la comunicación familiar y la educación emocional. Llamadnos al 622 26 60 40 / 629 97 33 24 y consultadnos vuestras dificultades.

La hipótesis del marcador somático

Imagen: blogak.com

Imagen: blogak.com

Esta teoría se la debemos al neurólogo portugués Antonio Damasio, que propuso una forma de explicar cómo las emociones afectan a la hora de tomar decisiones complejas.

Cuando nos enfrentamos a un problema o a cualquier tipo de causa que nos exija decidirnos por algo, si sólo atendiéramos a las opciones a nivel racional podríamos encontrarnos con que nos resulta imposible decantarnos por una u otra, ya que varias pueden ser igual de válidas ante una experiencia nueva. Esto nos haría estancarnos en la duda y no avanzar en la resolución del problema.

Según Damasio, nuestras experiencias previas nos hacen almacenar una serie de sensaciones (debidas a respuestas musculares y hormonales) agradables o desagradables relacionadas con ciertos estímulos. Esta relación entre estímulo y estado emocional sería lo que él denomina marcador somático. Enfrentados a la tarea de tomar una decisión en un contexto nuevo, un estímulo similar al de experiencias anteriores desencadenaría en nuestro cuerpo la liberación de un determinado marcador somático. Así, las opciones por las que nos decantaríamos serían aquellas asociadas a marcadores somáticos agradables, y evitaríamos las que el marcador somático asociara con resultados adversos. Por ejemplo, en una fiesta nos acercaríamos a hablar con la chica morena (a la que asociamos con una experiencia pasada en la que conocer a una chica morena nos deparó una velada agradable).

Es importante hacer hincapié en que eso no quiere decir que estemos tomando la decisión correcta. El marcador somático simplemente nos influencia de una forma consciente o inconsciente, haciéndonos elegir una opción y no otras, basándonos en una sensación y no en la lógica. El conocer este mecanismo nos puede ayudar a no dejarnos influenciar cuando no tenemos motivos reales, por ejemplo, para desconfiar del nuevo jefe italiano porque inconscientemente nos recuerda al casero que no nos devolvió la fianza de aquel piso en Milán.

¿Qué es la psicoterapia?

Foto de Athanasia Nomikou

Parece una pregunta con una respuesta bastante obvia: es el tratamiento que hacen los psicólogos para curar los trastornos mentales. Esto es así, pero nos gustaría aportar algo más de información sobre el tema. Al fin y al cabo, en nuestro país sigue habiendo un cierto recelo hacia las personas que acuden al psicólogo.

La psicoterapia es también un proceso para ayudar a las personas que tienen algún problema y que no son capaces de resolver. No se trata de que el psicólogo resuelva el problema, sino de que proporcione las herramientas de las que el cliente carece, para que mejore su calidad de vida.

Es por ello por lo que siempre hemos pensado que todos necesitamos un psicólogo. No hace falta llegar al punto de no poderse levantar de la cama. Basta con que se tengan dificultades para comunicarse con la pareja, con que cueste relacionarse de forma relajada con los hijos o que se tenga estrés en el trabajo.

Evidentemente, cuando aparece un trastorno mental de cierta envergadura, la psicoterapia (y probablemente el tratamiento farmacológico prescrito por un psiquiatra) se vuelven imprescindibles. Pero, en muchos casos, se llega al trastorno después de un tiempo teniendo un problema mucho más simple de resolver: poca asertividad, baja autoestima, algo de ansiedad, miedos, dificultad para tomar decisiones, timidez… Es una lástima tener que llegar a sentirse realmente mal en lugar de acudir al psicólogo para que nos ayude a mantener la salud mental.

Básicamente, la psicoterapia consiste en marcar unos objetivos entre el terapeuta y el cliente bastante claros, que ayudarán a que el cliente deje de padecer por la situación en la que se encuentra. A partir de estos objetivos, se marcará una línea de trabajo para conseguirlos en un tiempo aproximado, y el psicólogo dará al cliente una serie de tareas a realizar entre sesión y sesión, se hablará de las dificultades, de los mecanismos que producen malestar en el cliente, se pueden hacer diferentes actividades dirigidas durante la sesión… Todo esto depende del tipo de terapia que realice el terapeuta y también de las necesidades específicas del cliente. Y es que no hay una fórmula mágica para cada necesidad, sino que cada terapia es específica para cada cliente, y se irá adaptando en la medida en que el cliente avance en su tratamiento.

Algo que solemos encontrarnos los psicólogos es que los clientes no realizan las tareas asignadas (diarios, registro de determinados datos, cartas, ejercicios ante el espejo…). Muchos piensan que la psicoterapia es sólo de tipo psicoanalista (te estiras en un diván y empiezas a hablar de lo que se te ocurre), cuando en realidad hay muchos tipos de terapia, y la mayoría requieren un papel activo del cliente. Es por ello que decimos “cliente” en lugar de “paciente”: “paciente” parece implicar que sólo se va a la consulta y el terapeuta arregla el problema, mientras que un cliente tiene un rol con mayor implicación, tiene que participar en su tratamiento ya que el terapeuta le va a orientar y acompañar, pero es él quien debe realizar los cambios en su vida (o la terapia no será efectiva). Puede que a veces las actividades que se propongan parezcan extrañas o absurdas, pero tienen un propósito, que es hacernos cuestionar la manera en que hacemos las cosas normalmente, y proponernos un punto de vista diferente. Hay que estar dispuesto a hacer lo que nos pida el terapeuta, ya que se trata de un entorno donde no se nos va a juzgar.

Una de las principales características que definen a un buen psicólogo es la capacidad de aceptar a sus clientes incondicionalmente. Esto quiere decir que entendemos que cada uno actúa de una manera determinada por unas circunstancias particulares, dado que todos somos diferentes. Así, no juzgamos, simplemente constatamos la necesidad de cambiar ciertos patrones para que no perpetúen el problema. Lo demás, siempre y cuando no sea un delito, no importa.

Como ya hemos dicho, existen diferentes líneas de terapia: conductual, cognitiva (a menudo van unidas y se le llama cognitivo-conductual), psicoanalítica, humanista-experiencial… A su vez, estas líneas incluyen diversos tipos, con lo cual el número de terapias existentes es muy amplio (en futuros posts explicaremos las más utilizadas). Hay terapeutas más fieles a un tipo particular de terapia, y otros que prefieren utilizar técnicas extraídas de diferentes terapias. No hay una opción mejor que otra, lo importante es que se trate de un buen profesional que conozca bien las técnicas y las sepa aplicar en la situación indicada, ya que el objetivo es que el cliente reciba el mejor tratamiento posible.